sábado, 15 de enero de 2011

Ronald Reagan y la teología del neoliberalismo

Como ya he dicho en otra parte, no hay nada como leer la historia económica reciente para darse cuenta de dónde han venido estos lodos que hoy nos enfangan. Es por eso que hoy traigo a colación un breve resumen de la época de Ronald Reagan debido a la pluma magistral de J. K. Galbraith en una obra ya citada :








"Dejando aparte los años de Roosevelt y posiblemente los de la Nueva Política, ha habido pocos períodos de la historia americana o mundial que hayan sido examinados con mayor escrupulosidad desde un punto de vista económico y social que la década de 1980. Gran parte de los juicios resultantes, aunque seguramente no todos ellos, han sido desfavorables. La reducción de impuestos orientada a los más acaudalados, un aumento indebido en los gastos de defensa y un déficit más elevado en el presupuesto federal fueron las principales manifestaciones del error. También se experimentó un importante y persistente déficit en la balanza de pagos estadounidense, que hizo que Estados Unidos pasara de ser uno de los mayores acreedores mundiales a ser, por amplio margen, el mayor deudor. Se produjo una erosión en la situación económica competitiva de la nación, una gran tensión social en las grandes ciudades, una especulación y una manipulación financiera que se convirtió en un robo declarado a todos los niveles y, finalmente, la penosa recesión o depresión de principios de la década de 1990. Al final, llegó el día del juicio para la política, y el partido de míster Reagan y su sucesor en el cargo fueron apartados del poder. "Podría decirse que lo anterior era y sigue siendo la visión liberal. Eso es correcto, pero, de hecho, no hubo ninguna otra que tuviera una influencia similar. Es ésta una visión que subestima seriamente lo conseguido por la Administración Reagan, teniendo en cuenta sus propósitos y los de quienes la apoyaban. "No puede afirmarse que Ronald Reagan y sus subordinados tuvieran una percepción coherentemente clara de la economía ni de la economía política. No obstante, constituye una equivocación considerar cada uno de los casos de la década de 1980 como un inocente error económico. De hecho, esos años presenciaron una política económica totalmente deliberada y, a su modo, un éxito rotundo. Naturalmente, se aplicó un barniz social para ocultar sus propósitos más profundos, pero nadie debe llamarse a engaño. El propósito subyacente estaba claro y se consiguió en gran medida. "No es nada sorprendente que el objetivo de la nueva Administración que tomó posesión con la nueva década fuera a servir a sus propios electores. Éstos formaban una comunidad claramente definida formada por quienes se beneficiaban de la vida económica y que llegaba hasta los declaradamente ricos. Habían aparecido como consecuencia natural de décadas de bienestar económico general en crecimiento, y, con la voz y el poder político otorgado por el dinero, se habían convertido en una sólida fuerza en la forma de gobierno estadounidense. Era a estos electores a quienes servía la nueva Administración. Había dos amenazas bien reconocidas a esta comodidad continuada: una interior y real, y otra extranjera y rayana en las creencias religiosas, y ambas fueron afrontadas. "La amenaza interior era el Gobierno federal y, más concretamente, el poder que tenía sobre los impuestos, que podía utilizarse a favor de quienes se encontraban al margen de la comunidad favorecida. Los pobres de la república podían resultar una carga costosa y un impuesto progresivo sobre la renta podría afectar de forma molesta a los ingresos personales de los acaudalados. En épocas pasadas, el Gobierno había asumido compromisos, a veces reales y a veces retóricos, con el bienestar de los menos afortunados. Combinados con los ya importantes impuestos sobre la renta, dichos compromisos representaban un decidido peligro para el bienestar de los más favorecidos, o por lo menos así era como se percibían. "El miedo más profundo, institucionalizado y casi religioso, era el miedo al comunismo. Abierta y deliberadamente, el comunismo destruía y declaraba fuera de la ley la riqueza y los ingresos personales. Hubo una época en que ello se había considerado como posible en el país. Para algunos todavía representaba el peligro último del liberalismo y de las izquierdas. No obstante, existía también el miedo aún mayor al poder y al valor militar de la Unión Soviética. Dicho poder debía igualarse y superarse. Quizá fuera todavía más importante el miedo a que el comunismo tomara el control de países presuntamente vulnerables de Latinoamérica, de África y de Asia. Ello planteaba una grave aunque nebulosa amenaza para Estados Unidos, y, en cualquier caso, la gente que corría ese peligro debía ser protegida de esa aflicción. Eso es lo que el líder del mundo libre debía hacer como smple acto de buena voluntad. Detrás de esas posibilidades amenazadoras, comprometidas con su antigua promesa de ayudar a las guerras de liberación nacional, se encontraba la Unión Soviética."


GALBRAITH, John Kenneth: Un viaje por la economía de nuestro tiempo. Tr. Ramón Tapias Trujillo. Ariel (Barcelona, 1994), pp. 189-191

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