Para muchos historiadores, especialmente los emparentados con el franquismo, “[...] la historia de España de 1808 a 1939 es simple y trágicamente la historia larvada o declarada de una guerra civil.”[1], parecería que todo confluyera hacia esa hecatombe nacional que fue la Guerra Civil, como si no existiera otra vía hacia la cual hubiera podido encaminarse nuestro devenir. Ciertamente este período terminó en esa tragedia que aún no se ha borrado de la mente de tantos españoles incluso de quienes nacimos muchos años después de haber sido terminada, esa tragedia aún empaña nuestra política especialmente desde que se comenzaron a descubrir las fosas comunes del franquismo cuando el partido mayoritario de la derecha dijo que se querían reabrir las viejas heridas según él tapadas por la transición pero, a lo que se ve, no cerradas del todo para ellos por cuanto la Transición –y en ella incluyo la etapa de gobierno de Felipe González- no fue una etapa en la cual se intentaran cerrar heridas sino olvidarlas, como si no hubieran nunca existido, olvidando a todos aquellos sepultados en lugares que sólo la memoria de algunos ancianos era capaz de recordar y que se habían mantenido en el silencio colectivo. La historia de la Transición en este aspecto fue la de utilizar la Guerra Civil y el Franquismo como arma para evitar el que en España pudiera nacer un gobierno revolucionario pues, si bien los partidos mayoritarios de la izquierda no estaban por la labor, sí lo estaban muchos españoles, por ello los gobiernos de la UCD y del PSOE se valieron del miedo a aquellos horrores para traer un sistema “homologable” a los que predominaban entonces en la Europa Occidental en el cual el conjunto de los ciudadanos apenas contase para nada en las decisiones más importantes que se debían tomar. El miedo a aquellos horrores posibilitó este sistema pero, por el contrario, también impidió que los militares apoyaran con más decisión en su momento los intentos involucionistas de entre los cuales el más conocido fue el que se dio el 23 de febrero de 1981.
Sin embargo para el partido mayoritario de la derecha cuando el Vaticano beatifica o canoniza a “sus mártires”, eso no significa reabrir viejas heridas sino hacer justicia a aquellas personas que murieron por sus ideales... Ideales, todo hay que decir, tan válidos como los de quienes perecieron en el otro bando de igual modo pero, desde luego, en la inmensa mayoría de los casos, muy poco cristianos si tomamos como tal la doctrina que aparece en los Evangelios.
Pero, volviendo a nuestro punto de partida, es cierto que gran parte del siglo XIX está sembrado de guerras civiles, de golpes de estado de distinto signo, de idas y vueltas entre el absolutismo, los conservadores y los liberales pero también es cierto que, a partir de la Restauración borbónica en 1874 y el fin de la tercera guerra carlista existen en España más de cincuenta años de paz en los cuales desaparecen de forma considerable los viejos problemas, ciertamente aún subsiste el carlismo pero esta ideología, en parte ha sido absorbida por los conservadores de Cánovas mientras los irreductibles forman un partido que tendrá representación parlamentaria a lo largo de todos estos años como, en realidad, lo había tenido desde que terminara la primera por cuanto "[...] el final de la [primera] guerra Carlista no significó su derrota, sino su integración en el régimen isabelino, como refuerzo de las posiciones más conservadoras."[2], en ningún momento se pretendió exterminarle como tal aunque, como es obvio, no fuera del agrado de los liberales pero éstos siempre los prefirieron a quienes les sobrepasaban por la izquierda, en realidad esos cincuenta años de la Restauración ven surgir dos fenómenos hasta ese momento poco relevantes en el panorama nacional: el nacimiento del movimiento obrero y la progresiva separación del mundo militar del civil. El antimilitarismo, motivado en parte por las diversas derrotas y aventuras diversas del ejército en cuestiones políticas que no eran de su competencia, fue tomando amplia resonancia no sólo entre los proletarios sino entre los progresistas de toda laya[3] y es aquí donde pueden verse los primeros conatos de lo que más tarde sería la Guerra Civil, al fin, cuando Franco escribe a Casares Quiroga “advirtiéndole” de lo que se está tramando en las filas castrenses, para nada hace mención de la “anarquía” que, supuestamente, estaba instalándose en la sociedad civil o del tan manido tema del comunismo y la francmasonería sino de “[...] el estado de inquietud que en el ánimo de la oficialidad parecen producir las últimas medidas militares [...]”[4], en realidad el Alzamiento, visto desde la perspectiva de esta carta bien puede tomarse como un movimiento corporativo como se puede comprobar al examinar que todos los generales sublevados se sentían, de una u otra manera, despreciados por el nuevo sistema que, obviamente, no les tenía mucho aprecio dado que pensaba en ellos como posibles golpistas, de ahí que les apartara de los principales centros de decisión si bien se equivocara al llevar a Mola a Navarra y al destinar a Franco a las Canarias donde no iba a estar muy bien vigilado.
Por otra parte, el movimiento obrero en el cual cobró un protagonismo inusitado, para lo que era entonces habitual en Europa –en esto sí puede decirse que fuimos “diferentes”-, el anarquismo relegando en muchas épocas de esta etapa a los movimientos socialistas y, más tarde, al comunista, a un segundo plano si bien tanto el PSOE como la UGT, especialmente aprovechando los años en que los anarquistas estuvieron perseguidos con más saña, fueron creciendo con muy pocos altibajos hasta el punto que, llegada la Guerra Civil, ambas centrales sindicales tenían un número similar de afiliados. La CNT –y sus predecesoras como la Federación de Trabajadores de la Región Española- creció y decreció según los avatares de la política dependiendo en parte de la mayor o menor tolerancia de los distintos signos.Ambos grupos, militares y movimiento obrero, tuvieron importantes enfrentamientos a lo largo de toda la Restauración hasta el punto que puede decirse que la Guerra Civil más bien podría llamarse la Guerra Social especialmente si no hubiera entrado en liza un tercer grupo: los nacionalistas. Para los militares tales partidos lo que pretendían era “romper” España y, para evitarlo, no dudaron en aliarse con los carlistas quienes, durante el siglo XIX, era precisamente eso lo que habían pretendido si bien, como se demostró durante la contienda, los fueros no eran para ellos sino un pretexto, un banderín de enganche para quienes no comulgaban con su ideario principal: la vuelta al Antiguo Régimen olvidando quizá intencionadamente que había sido el Antiguo Régimen quien había terminado con muchas de las “libertades” -privilegios más bien- de aquellas regiones que se habían opuesto a la entronización de Felipe V.
[1] DE LA CIERVA: Historia básica de la España actual (1808-1975), p. 22
[2] SOLÉ TURA y AJA: Constituciones y períodos constituyentes, p. 40
[3] En realidad, el antimilitarismo es anterior a esta época, puede remontarse a los últimos tiempos de la supremacía española en Europa. Ya durante el siglo XVIII les fue a los monarcas muy complicado el conseguir un ejército del tamaño requerido para sus empresas exteriores debido al poco apego que los españoles sentía por esa institución gracias a las privaciones que en él pasaban los reclutas.
[4] FRANCO: Carta a Casares Quiroga, presidente del Gobierno, 23 de junio de 1936, p. 1
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