viernes, 15 de abril de 2011

La dominación política IX

Los pueblos germanos se habían ido introduciendo, poco a poco, en el mundo romano principalmente como mercenarios para luchar contra otros pueblos germanos que pretendían hacerlo de forma más violenta. La verdad es que ninguno de ellos pretendía invadir el Imperio pero sí aprovecharse de sus riquezas o, incluso, de arrebatarle trozos de territorio pero las estructuras estaban muy débiles y los visigodos se pasearon por todo él sin apenas encontrar resistencia. Luego, las razzias de Atila pusieron de manifiesto que Roma ya no era capaz no sólo de defender sus colonias, algo que se sabía desde el “paseo” de Alarico, sino tan siquiera la propia ciudad. Los germanos fueron asentándose mediante pactos que reconocían la soberanía nominal del emperador de Roma pero, cuando los hérulos destronaron al último emperador, ésta desapareció y, si bien subsistió una especie de acatamiento al emperador que quedaba en Bizancio, era más una pura formalidad que otra cosa.

Los nuevos pueblos, en realidad, aportaron muy poco a las estructuras políticas existentes. Los reyes eran, en principio, electivos pero ellos pretendían imponer el principio hereditario con lo cual las luchas por el control del poder continuaron el ejemplo romano. Las grandes oligarquías continuaron si bien debieron dar una parte de sus latifundios a los nuevos llegados pero la convivencia, en líneas generales, fue buena. La institución del colonato se continuó fortaleciendo e, incluso, aparecieron nuevos vínculos procedentes de la, para los romanos, lejana Edad del Hierro céltica que, más tarde, todos unidos, darían lugar al feudalismo como era la clientela:

El cliente debía procurar ciertos servicios a su señor -entre ellos la asistencia militar- para recibir a cambio protección y ayuda material, sin perder su estatuto de hombre libre y su capacidad de poseer ganado o parcelas de tierra”.

En realidad, el feudalismo fue una especie de paso atrás en la cultura y la política comprensible por cuanto sólo era una pequeña minoría la que sustentaba ambas y, en el agitado mundo de esos siglos con continuas guerras y devastaciones, los diversos centros culturales fueron aislándose unos de otros y las pocas personas interesadas en ello volvieron cada vez más sus ojos hacia el pasado por cuanto no tenían con quién confrontar sus estudios excepto los clásicos. La Península Ibérica e Italia fueron los principales centros culturales latinos, allí donde permaneció la llama durante más tiempo pero las múltiples querellas internas impidieron que fructificara en un buen fuego.

Una característica de todo el Bajo Imperio -se da esta denominación a la época que empieza en Diocleciano y termina con la deposición de Rómulo Augusto, que vaya nombre le fueron a poner al pobre para dar fin al poderío romano- es la persistente disminución de los derechos de los simples ciudadanos. Caracalla, en la Constitutio Antoniniana,había concedido la ciudadanía romana a todos los habitantes libres del Imperio sin que los romanos protestaran por cuanto el ser ciudadano había dejado de constituir un privilegio. El Imperio, aparte de dividirse geográficamente, también lo hacía socialmente en dos castas: honestiores y humiliores de casi absoluta diferenciación. Una de las múltiples ventajas que esto suponía para los primeros es que no podían ser sometidos a tortura mientras los segundos, sí, en contra de toda una tradición por la cual los ciudadanos romanos tenían ciertas prerrogativas de orden penal como lo demuestra el caso de Pablo de Tarso. Pero ya no había ciudadanos y no ciudadanos, sino ricos y pobres por no hablar de los esclavos quienes, a pesar de todo, quizá debido a su poca abundancia en comparación con épocas anteriores, vieron cómo su situación de simples cosas se iba acercando, poco a poco, a la de las capas bajas de la población pero más porque éstas eran cada vez más bajas si bien los amos ya no tenían el antiguo derecho absoluto sobre la vida y la muerte de sus esclavos y éstos iban consiguiendo algunos otros derechos. También influyó en el cambio de su destino el hecho que se fue comprobando en la experiencia, que un esclavo era más útil para su dueño si éste le dejaba una parcela para que la trabajase a cambio de ciertos servicios y una parte considerable de la cosecha con lo cual, además el latifundista, no tenía que alimentarlo cuando no sirviese para trabajar bien por demasiado joven o demasiado viejo. Además, dado su estatuto, podían exigirle mucho más que a los simples colonos, aquellas personas libres que, o habían entregado sus tierras al latifundista del lugar para que éste les protegiera devolviéndoles a su vez la tierra en una especie de censo enfitéutico o bien el propio señor se las había dado él de sus propias tierras aunque con mayores obligaciones. Todos estos fenómenos dieron lugar a lo que, podremos llamar, feudalismo económico, es decir, ese feudalismo que dijeron destruir los hombres de la Revolución Francesa aunque en España aún se mantenga en muchas zonas del Sur y sea endémico en otras partes del mundo como América Latina.

Pero la situación entre los honestiores fue cambiando con el tiempo: las partes más poderosas de los mismos quisieron tener más privilegios que el resto y así siguió una ridícula clasificación entre vir claris, vir clarissimus o vir perfectissimus entre otras muchas pero que ocultaban irritantes privilegios para los más altos por cuanto, entre otras cosas, el mencionado empleo de la tortura se fue generalizando entre las clases menos altas de la sociedad si bien nunca llegó a las altas esferas como fueron los senadores e incluso se fueron dando normas para ver el grado de tortura que se debía aplicar a las personas subiendo éste a medida que se bajaba en la escala social hasta el punto que no era aceptado el testimonio de un esclavo si no se le había aplicado la tortura con anterioridad.

Muchos autores se han preguntado cuándo comenzó el feudalismo como si un sistema no impuesto mediante la violencia apareciera de pronto.

El feudalismo fue un proceso muy lento que puede rastrearse incluso antes de Diocleciano pero que se acelera con las medidas de este emperador tendentes a fijar a las personas y sus descendientes en un determinado oficio y, sobre todo, su vinculación a la tierra pero con la intención de servir a las ciudades pues éstas seguían siendo la base sobre la cual se sustentaba el Imperio hasta el punto que, según nos dice Ste. Croix;

En muchas ocasiones, en el período que va de mediados del siglo IV a mediados del VI, oímos hablar de que los campesinos acudían en tropel a la ciudad más cercana en épocas de hambre, con la intención de obtener algo que comer pues sólo allí podía conseguirse algo

claro que no siempre por cuanto

existen algunos ejemplos de que los graneros del estado se hallaban totalmente llenos, mientras que mucha gente se moría de hambre, como ocurrió en Roma durante el asedio a que la sometieron Totila y los ostrogodos en 546, cuando se generalizó el hambre en la ciudad. Las únicas provisiones, de grano en buena cantidad que había estaban en manos de Bersas, el jefe de los romanos, quien obtuvo muchas ganancias personales vendiéndoselo a los ricos al precio desorbitado de 7 sólidos el modio, mientras que, según se cuenta, primero los pobres y luego casi todo el mundo comían ortigas cocidas, o bien se morían de hambre, hasta que en diciembre de 546 Totila logró de pronto capturar la ciudad, apoderándose de las ganancias tan mal obtenidas por Bessas

Y es que las enseñanzas del cristianismo no habían sido asimiladas.

(1)FATÁS, MARCO Y BELTRÁN: Historias del Viejo Mundo, vol. 15: El ascenso de los bárbaros. Información y Revistas (Madrid, 1988), 75

(2)Aunque me pregunto a quién reclamarían el incumplimiento de estos derechos cuando ni siquiera los habitantes de las colonias los habían tenido a salvo como demuestran las múltiples exacciones cometidas por los gobernadores y otros funcionarios

(3) O se subía que no entiendo por qué se sube yendo hacia los ricos y se baja yendo hacia los pobres con todo lo que eso implica desde el punto de vista simbólico

(4) SAINTE CROIX, Geoffrey E. M. de: La lucha de clases en el mundo griego antiguo. Tr. ed. ing. 1981: T. de Lozoya. Crítica. Barcelona, 1988, p. 260

(5) Idem, p. 261