LA DOMINACIÓN POLÍTICA de unos hombres sobre otros es el tipo de subyugación más antigua que se presupone, también la más natural y, por tanto, la más antihumana por cuanto no es creación del hombre como tal sino de sus ancestros simiescos.
Si por algo ha destacado el ser humano ha sido por intentar desligarse de todas las ataduras con sus ancestros no-racionales sin embargo, a pesar de una lucha titánica mantenida a través de muchos milenios para liberarse de la tutela de los gerifaltes de turno, nos encontramos en la actualidad conque el poder del Estado, la nueva forma de dominación, va creciendo día a día a pesar de lo que nos quieren hacer creer en la actualidad los detentadores del nuevo liberalismo. El control del Estado sobre cada uno de nosotros es mucho más estrecho que hace unos pocos decenios incluso en plena dictadura. El Estado nos controla, sigue nuestros pasos minuto a minuto a través de las más variadas tecnologías y la gran pesadilla de Orwell parece que está a punto de ser realidad, quizá se equivocara en algunos decenios pero eso, ¿qué importa? Lo más curioso del asunto es que tal cumplimiento está sucediendo en una época en la cual han desaparecido los regímenes estalinistas de Europa -quizá porque ya no sea necesaria una opresión tan burda como los viejos gulags- y son precisamente los llamados democráticos los que están llevando a cabo este proceso aunque es probable que Orwell no considerara democráticos a este tipo de regímenes como hago yo mismo e intentaré demostrar más adelante.
Quizás el mayor problema que nos encontremos quienes sí queremos vivir en un sistema democrático -ya se sabe aquello de todo para el pueblo, por el pueblo y con el pueblo o ese otro mucho más radical: Libertad, Igualdad y Fraternidad- es que al simple ciudadano no le importa gran cosa el recorte de sus libertades en aras de eso que viene denominándose “seguridad” pero... ¿qué tipo de seguridad puede ofrecernos un Estado que se debate constantemente entre la bancarrota y la dictadura? ¿Lo vamos a vender todo en aras a una paz ficticia, una paz que, a lo único que se asemeja es a la paz de los cementerios?
¿Qué paz, qué seguridad son éstas?
¿Y cómo hemos llegado a este punto?
¿Cuál fue nuestro punto de partida?
Tres puntos y muchas interrogaciones entre ambos. A todo trataré de responder en este capítulo si bien no debo dejar de olvidar que el dominio político de unas personas sobre otras va normalmente acompañado de otro tipo de dominación que ayuda o confirma ésta pero es ésta, precisamente, la que más claramente se manifiesta a lo largo de la historia. También, según todos los indicios, la primera ya que, como acabo de señalar, es la que nos retrotrae a nuestros ancestros no-racionales pues el hombre, como casi todos los simios, es, naturalmente, un animal social y en todas las especies sociales se da una cierta jerarquía, más marcada en unos casos que en otros pero muy fuerte entre casi todos los primates y simios en general con las lógicas excepciones. Los estudios que se han hecho sobre babuinos, gorilas y demás así lo demuestran.
En todos ellos hay un macho dominante y, a su alrededor, un grupo de machos secundarios siempre dispuestos a restablecer el orden cuando hay algún alboroto y a ocupar el puesto del macho dominante en cuanto éste desaparezca o bien dé alguna muestra de debilidad. Por ello, éste siempre ha de estar alerta y manifestando, con cierta frecuencia, su superioridad sobre los demás. Cualquier estudio de un etólogo al respecto puede servir para ampliar este aspecto por lo cual paso adelante sin más preámbulos aunque sí confesando que no soy un etólogo.
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