jueves, 20 de enero de 2011

La dominación política V

Pero aquel sistema de la ciudad-estado no podía durar y, tras muchas vacilaciones, guerras y alianzas, apareció en el horizonte una nueva fuerza política basada en la antigua monarquía tribal que daría al traste con la independencia, que no autonomía, de las poleis: Macedonia.

Este régimen aportó pocas novedades al panorama político pues, una vez conquistadas las posesiones persas, Alejandro y sus sucesores intentaron imitar, consiguiéndolo casi siempre, con excepción del mundo griego peninsular que, como ya se ha señalado, mantuvo una cierta autonomía que, en algunos casos, llegó a la guerra por la independencia para volver a su antiguo sistema pero era un sistema que los propios griegos con sus mutuas rencillas e interminables guerras habían imposibilitado al debilitar tanto las instituciones como la economía y la sociedad. Ellos que, unidos, habían conseguido derrotar al hasta entonces invencible ejército persa fueron incapaces de hacer lo propio con un reyezuelo del Norte, Filipo, padre de Alejandro, que supo utilizar, para su provecho, las rivalidades existentes y formar así la base de lo que más tarde serían monarquías helenísticas, es decir, aquellas monarquías resultantes de la partición del gran imperio alejandrino entre sus principales generales, unas monarquías sobre las cuales se ha hablado mucho como centros de irradiación cultural olvidando que esto sólo lo eran las pocas poleis que en ellas se establecieron en las cuales todos los griegos eran iguales pero éstos sólo eran una muy escasa minoría en una población fundamentalmente agrícola y explotada por el mundo urbano.



Además, para desdicha de las egoístas poleis, en el oeste estaba llegando al culmen de su poder la Urbs o polis por excelencia, aquella urbe que llegó a dominar casi todo el orbe conocido luego de una larga y conflictiva historia política que trataré de resumir en pocas páginas:

Como en todos los pueblos, el nacimiento de una civilización se pierde entre la mitología y la leyenda, Virgilio llevó sus orígenes hasta la caída de Troya tras la cual, Eneas, con su familia y amigos, una vez pasada la típica odisea, llegaron a las costas italianas en las cuales, luego de un iliada, se instalaron. Naturalmente la Eneida no pasaba de ser un panfleto político para halagar a Augusto, primer emperador romano aunque nunca tuviera este título, y hacerle descender por línea directa de Eneas, un héroe troyano de los pocos que quedaron con vida, y, a la vez, ni más ni menos que de la propia Venus, madre de Eneas. Todo esto tendría consecuencias posteriormente con la divinización del emperador pero, antes, Virgilio había pedido a sus amigos que no diesen a conocer su obra, que la destruyeran por cuanto un gran poeta como él no podía dedicarse al simple panfleto no obstante sus amigos, quizá también para halagar al príncipe reinante, no le hicieron caso y ahora hemos de citarla siempre cuando se quiere hablar de los orígenes de los romanos quienes, hasta entonces, no pasaban de sus primeros pasos a poco antes del 21 de abril del 753 a.C., más concretamente cuando Rea Silvia sin, al parecer poner ella nada de su parte -situación que se repite mucho a lo largo de la mitología de los pueblos de forma sospechosa normalmente para designar a personajes sin ningún tipo de parentesco con los grupos dominantes en ese momento, es decir, un parvenue-, fue preñada mientras dormía, por nada más y nada menos que el dios Marte -ya tenemos a Venus y Marte, el amor y la guerra, en los orígenes del pueblo romano, dos dioses que, por cierto, también tuvieron su historia de amor que terminó en una red-. De ella nacieron dos gemelos, Rómulo y Remo, quienes, tras sufrir unas peripecias al estilo de Moisés, terminaron como Caín y Abel aunque para los romanos, descendientes de Marte, fue el matador su primer rey mientras condenaban al vencido al semiolvido. Claro que con Rómulo no supieron qué hacer y lo hicieron desaparecer en medio de una tormenta en una primera ascensión a los cielos muy similar, por cierto, al episodio de Elías que narra la Biblia

Estos primeros siglos permanecen en la bruma. Al parecer, estuvieron bajo la tutela o hegemonía de la civilización etrusca pero su historiografía tradicional apenas se ocupa de este aspecto y se centra principalmente en la época republicana, para ellos, aristócratas o personas a su servicio, aquélla en la cual lograron conseguir la plasmación de su ideales si bien en constante lucha contra las clases bajas de la población. Muy probablemente, al igual que en Grecia, la monarquía debió apoyarse en fuerzas ajenas a la aristocracia si quería sobrevivir y, teniendo a mano a los etruscos, ¿para qué iban a necesitar a la plebe? Pero también, por las noticias que tenemos, la hicieron algunas concesiones por lo cual, cuando fue derribada la monarquía por la triunfante aristocracia, el pueblo añorase (o eso parece debido a algunos testimonios muy poco claros de los historiadores romanos) la monarquía y no tardaron en surgir conflictos de todo tipo entre las dos clases entonces dominantes en Roma: los patricios, como poseedores de los resortes económicos, y los plebeyos, en cuyo haber estaba el número.Ya en el 494 (la República se instaura en 510) surgieron los primeros enfrentamientos serios que, habitualmente, tenían carácter tanto político (mayor representatividad para la plebe, más derechos ciudadanos) como económicos (éstos los trataremos en el capítulo correspondiente): en aquel entonces la plebe abandonó la ciudad, en lo que puede considerarse quizá como primera huelga política documentada, ante una amenaza bélica por lo cual los patricios, atemorizados, tuvieron que ceder en algunos puntos pero, principalmente, de orden político debido a lo cual los celtas pudieron ser rechazados. Por otra parte, no hemos de olvidar que

la plebe de la Roma republicana comparte con los patricios y con los nobiles, las cargas y sacrificios de la guerra [...] la plebe se siente satisfecha y honrada por las muchas victorias que el ejército romano alcanza. Llega, sin embargo, un momento en que no se conforma con eso, en que quiere tener voz, saber con quién se lucha y con quién se vive en paz, intervenir en las decisiones que afectan a todos y en las elecciones de quienes can a mandar, en suma, quiere participar en la dirección de los asuntos del Estado.“[1]

Y, poco a poco, lo va consiguiendo, los patricios van cediendo en algunos puntos, las magistraturas se van abriendo a los plebeyos, incluso se crea una nueva, el tribunado de la plebe que puede, mutatis mutandi, equivaler a nuestro defensor del pueblo, que era inviolable, es decir, nadie les podía matar ni tan siquiera agredir si no quería caer en la ira de los dioses y, lo que era peor, sufrir fuertes castigos. No recuerdo ningún caso en que un tribuno fuese asesinado durante su mandato (con excepción de Julio César) aunque a los Gracos, no bien terminaron sus respectivos mandatos, lo mismo les sucedió a sus vidas.


[1] BLANCO FREIJEIRO, Antonio: La República de Roma, en Historias del Viejo Mundo vol 12 Información y Revistas (Madrid, 1988), p. 54

La dominación política IV

Mientras en el sur y el este del Mediterráneo seguía la teocracia, al Norte tuvo lugar un notable experimento que, por diversas causas, ha continuado siendo motivo para que grupos utópicos lo considerasen como un ideal a imitar hasta laCommune y, si se me apura, hasta los sucesos de mayo del 68: la ciudad-estado. Resulta aleccionador que, en el lugar donde más se ha tratado de volver a un sistema similar, haya sido en los regímenes más centralistas pues no debemos olvidar tampoco que un origen similar tuvo el movimiento de las Juntas durante la guerra de la Independencia y, posteriormente, el cantonalismo de la Primera República y, si se me apura, la revolución de las Comunidades castellanas contra Carlos V y, sobre todo, sus ministros extranjeros. Y es que la ciudad-estado no fue patrimonio exclusivo de Grecia, se extendió, como mínimo, por las tres penínsulas del Mediterráneo si bien en la italiana no tardaron en ser absorbidas por la Urbs por excelencia y de la Península Ibérica no tenemos testimonios directos pero sí muchos indirectos de griegos y romanos que hacen entrever un régimen similar si bien limitado a las zonas del litoral mediterráneo, aquéllas que más fácilmente se romanizaron. Debido a todo esto, nos vamos a centrar preferentemente en el fenómeno griego como más característico sin olvidar que la cultura sumeria nació en lo que hoy se podría denominar también ciudad-estado y puede que los antiguos nomos egipcios no fuesen sino residuos de tales instituciones si bien no debemos olvidar que tales sucedieron antes de la aparición de las grandes instituciones estatales aunque tampoco se conociera el estado centralista en las tres penínsulas mediterráneas.

Ya desde que entra en la escena histórica, tenemos una serie de estados que se apoderan de la geografía sin que ninguno de ellos parezca ejercer una hegemonía determinada sobre los demás, el mismo mundo cretense, anterior al peninsular, no está unificado, son varias las ciudades que se disputan la primacía pero sin que, al parecer, hubiera guerras entre ellas por cuanto sus zonas urbanas no estaban fortificadas, este fenómeno sólo aparece con el peligro aqueo que, al parecer, terminaría con su independencia pero, cuando Homero nos relata la peripecia común del mundo griego en el asalto a Troya, nos lo representa formando una gran cantidad de estados independientes si bien es cierto que bajo el mandato de los reyezuelos de Micenas (Agamenón) y Esparta (el ofendido Menelao). Se ha discutido mucho sobre si el mundo que representa Homero es el que vivió, sobre los siglos VIII y VII, o bien es un reflejo de antiguas historias: al parecer, fue más lo primero pero las excavaciones y otro tipo de testimonios nos dan a entender la fragmentación política de aquella península con lo cual el fenómeno conocido en los tiempos clásicos tiene una larga tradición. Resumiendo, hasta Filipo de Macedonia (una especie de Sargón de Acad respecto al mundo griego), el mundo griego nunca estuvo unificado al menos que conste para la historia aunque, eso sí, ellos tenían plena conciencia de pertenecer a un único pueblo, un pueblo que tenía dioses y cultos comunes y que se reunía cada cierto tiempo para celebrar sus juegos deportivos durante los cuales (especialmente los olímpicos), al contrario de lo que sucede en la actualidad, se suspendía cualquier tipo de hostilidad entres unas ciudades y otras pues los conflictos internos fueron el tono dominante de aquella historia que, por unas causas u otras, han quedado como un ideal para toda la Humanidad a pesar de las notorias desigualdades que en él existían pero centrémonos en el tema.

Cuando Grecia sale de la Edad Oscura, se nos aparece como una serie de minúsculos estados todos ellos gobernados por reyes. Ya los aqueos han desaparecido con excepción de Atenas y el mundo jónico (el mundo griego peninsular en la época clásica era más reducido que el actual pero, en cambio, tenía numerosas ciudades independientes en las costas de Asia, ciudades que se incrementarían con las colonias en el oeste mediterráneo) y han sido sustituidos por los dorios: el hierro se ha impuesto al bronce pero las estructuras siguen inmutables. Según Starr: “La polis se desarrolló a finales del siglo VIII a.C. Partiendo de la monarquía tribal, y continuó consolidando sus instituciones en los siguientes 300 años. Fundamentalmente fue la palanca de una organización política consciente y de la colonización griega”[1]. En estas pocas frases nos podemos inspirar para todo el estudio de Grecia hasta Alejandro porque, efectivamente, la monarquía (con excepción de Esparta y algún otro estado de menor importancia) fue abolida para ser substituida por una aristocracia ávida de riquezas y poder. Quizá nada nos pueda ilustrar mejor sobre el tema que la lucha de los pretendientes a la mano de Penélope y el final que éstos tuvieron a manos de Ulises y su hijo. La monarquía, para intentar mantenerse, debió apoyarse en el pueblo y, como siempre que esto ocurre, la aristocracia se unió en una piña dando fin a la monarquía por cuanto en aquel entonces los poderes del Estado no tenían la fuerza que han ido conquistando a través de los tiempos y la monarquía no se adquiría por derecho divino como ocurría en otras partes del mundo. Los nobles, para sentirse seguros y sin estorbos, crearon su propio sistema, una especie de democracia pero sólo para ellos que dejaba por completo desprovistos de derechos a los simples ciudadanos. Fue entonces cuando comenzaron los grandes conflictos sociales. Por aquel entonces no era extraño que los campesinos, endeudados, terminaran, tanto ellos como su familia, en la esclavitud al no poder hacer frente a los intereses usurarios sólo “En Beocia no hubo revueltas sociales, tan características de las ciudades griegas desarrolladas de los siglos III-VI a.C. La causa, desde luego, no fue 'la estupidez de los cerdos beocios', como decían despectivamente sus vecinos, los atenienses, sino las características particulares del desarrollo económico de la región [...] En Beocia, un agricultor que poseyera aunque fuera una pequeña parcela, con una forma relativamente intensiva de efectuar su labor, podía subsistir“[2] pero, como nos señala el mencionado autor, eso no sucedía en el resto y, para paliar este problema, el primer sistema que discurrió la aristocracia fue el de fundar colonias y con ello dar nacimiento al poderío marítimo que se mostraría más tarde frente a los persas –aunque quizás fuera al revés, primero el poderío marítimo que se conoce desde la semimítica Creta pasando por los micénicos-. Pero la colonización no era una solución sino un parche que no tardó en servir para otros fines aparte de colocar el excedente de población: también se utilizó para expatriar a los descontentos con el régimen imperante pero todo ello trajo consigo serias disensiones y luchas en el seno de las diferentes ciudades-estado hasta que comenzaron a aparecer los legisladores el más conocido de los cuales fue Solón (el caso de Esparta y Licurgo es distinto y se verá en otro capítulo). Éste abolió las deudas o, al menos, parte de ellas así como impidió la esclavitud por deudas y dividió a los ciudadanos en cuatro clases según su fortuna a efectos fiscales y políticos ya que las dos primeras clases podían ser electores y elegidos mientras las dos segundas sólo lo primero lo cual, hasta cierto punto, era lógico ya que el ostentar un cargo era considerado como un honor que la ciudad otorgaba al elegido por lo cual éste debía hacer una serie de gastos que sólo estaban al alcance de los más pudientes lo cual era una forma como cualquier otra que tenía la oligarquía para perpetuarse en el poder. Pero las reformas de Solón no fueron del agrado de la mayoría. Como casi siempre que se tira por la calle de en medio, para unos se quedó corto y para otros demasiado largo debido a lo cual, sólo cuatro años duró la tranquilidad en Atenas según palabras de Aristóteles.

Debido a las múltiples tensiones comenzó a aparecer la figura del tirano, una figura denostada por la historiografía oficial por cuanto ésta pertenecía o estaba sufragada por la aristocracia pero que no lo fue para el resto de los ciudadanos:

Para las poleis que la vivieron, la tiranía comportó un gran avance en la consolidación de sus estructuras económicas, sociales y culturales, ante todo, los tiranos atacaron el problema de la crisis agraria y repartieron tierras confiscadas a sus enemigos políticos, prestando semillas y aperos de labranza a los más necesitados y alentando la fundación de colonias por familiares o amigos.

La paz social que ellos impusieron favoreció y estabilizó al campesinado como clase, futuro puntal de los regímenes isonómicos por aparecer (oligarquías y democracias). Por otra aparte, las áreas de aparición del nuevo régimen fueron, sintomáticamente, aquéllas en que la economía urbana estaba mejor implantada

es decir, seguían una política que hoy denominaríamos socialdemócrata aunque de una forma despótica denegadora de los derechos políticos pero eso al pueblo no le importaba por cuanto hasta entonces, y que ellos recordaran, no los habían tenido nunca no obstante, de una forma u otra, también las tiranías fueron cayendo siendo reemplazadas nuevamente por la aristocracia pero ésta ya estaba tocada del ala, el pueblo sabía -o intuía- que tenía ciertos derechos, que un griego no podía esclavizar a otro, como mínimo un ateniense o un tebano a otro ateniense u otro tebano, pues todos eran iguales. Naturalmente la aristocracia no pensaba igual y volvieron los conflictos, las luchas, las matanzas...

Tras la expulsión de los tiranos (hecho que se produce casi simultáneamente en todas las ciudades que habían adoptado tal forma de gobierno casi como ha sucedido en nuestros días en Europa, primero la del Sur y luego la del Este) y unos comienzos titubeantes se hizo Clístenes con el poder y comenzaron otras reformas encaminadas a dar mayor protagonismo a las clases populares. Desde aquí, hasta la época de las Guerras del Peloponeso, los ciudadanos atenienses fueron adquiriendo todos la posibilidad de ser también elegidos y no sólo eso, además, cuando ocupaban sus cargos, les era retribuido el tiempo que éste les quitaba para sus asuntos domésticos con un equivalente a nuestro salario base (luego fue algo superior si bien hay que reconocer que en aquel entonces era un porcentaje mayor de la población el que se debía conformar con ese salario para vivir que en la actualidad española) de tal forma que los aristócratas ya no vieron tan ventajoso el ostentado por cuanto no era ya tanto un signo de distinción y los emolumentos muy escasos para ellos además, para evitar cualquier tipo de trampa electoral, se fue generalizando el uso del sorteo, es decir, una vez efectuada la votación, se sacaba, de las podíamos llamar urnas, los equivalentes de las papeletas electorales hasta cubrir el cupo de las personas necesarias. Este sistema llegó a hacerse extensivo a todo tipo de magistraturas con excepción del de strategós o jefe militar que era elegido según el recuento de votos. De esta forma, Pericles pudo dominar la vida ateniense durante unos veinticinco años. También se introdujo la figura del ostracismo por la cual, cualquier persona acusada de buscar la tiranía, tras un proceso bastante más complicado del que algunos interesados autores han querido dar a entender, podía ser condenado a diez años de destierro pero sin perder sus propiedades y volviendo al cabo de los mismos, a disfrutar de todos sus derechos civiles.

Naturalmente, hay que hacer algunas precisiones a esta visión de conjunto: sólo los ciudadanos tenían todos los derechos mencionados y, entre éstos, sólo los varones (en realidad, las mujeres no eran tales luego esta precisión sobra). Era un régimen en el cual la esclavitud tenía una importancia mayor cada vez y éstos, como siempre ha sucedido, carecían de los más mínimos derechos. Por otra parte, estaba el problema de los metecos que ha sido desorbitado por los historiadores tradicionales: estos metecos eran residentes extranjeros, es decir, personas que, debido a su oficio, normalmente mercaderes, o cualquier otra circunstancia, residían temporalmente en Atenas llegando en algunos momentos a formar una colonia considerable: como sucede en todos los estados actuales, éstos no tenían derechos políticos pero esto no es una causa para desprestigiar los logros de la democracia ateniense que sí tuvo otros defectos desde el punto de vista moderno, como el mantenimiento de la esclavitud y el imperialismo de que hizo gala tras las guerras contra los persas aspecto éste que supone, para los mismos historiadores, uno de sus grandes logros.

Una segunda precisión es que tal estado de cosa no fue general a Grecia, donde solieron dominar las oligarquías como fue en Beocia o bien el caso excéntrico de Esparta. En cuanto a las oligarquías, ya hemos dicho, en líneas generales, cómo funcionaban y de Esparta nos ocuparemos en otro capítulo como ya ha sido señalado.

La tercera precisión es que estos sistemas -a excepción del sempiterno espartano- fueron trasplantados con mejor o peor fortuna a las colonias que, caso paradójico en la historia de este tipo de dominación, fueron en su casi totalidad independientes de la ciudad que les dio origen aunque mantuvieran con ella lazos fraternales pero no siempre y a ella trasladaron sus instituciones.



STARR, Chester G.: Historia del Mundo Antiguo. Tr. ed. ing. 1965: E. Benítez. Akal. Madrid, 1974. pp. 232-233

STRUVE, V. V.: Historia de la antigua Grecia Tr. ed rus. 1956: M. Caplan y Equipo Editorial. Pról y ed.: A. M. Prieto. Akal. Madrid, 1974, 4ª ed.: 1981, p.152]

TRONCOSO, Víctor Alonso: Historias del Viejo Mundo vol. 10, El genio de Grecia Información y Revistas (Madrid, 1988), p. 17

miércoles, 19 de enero de 2011

Adversus González Sinde

Desde el momento en que se viene hablando del problema de las descargas gratis a través de Internet, estoy reflexionando sobre el tema sin que, hasta el momento, ninguna de las posiciones extremas me haya llegado a convencer… y el caso es que no parece haber una postura intermedia clara, quizás Rodríguez Ibarra sea quien más cerca haya estado de lo que yo pueda llegar a pensar según ha mostrado en algunos artículos publicados en El País pero, en realidad, suelo ser bastante escéptico respecto a quienes no se han dado cuenta que los tiempos han cambiado y que las nuevas tecnologías exigen nuevos sistemas de protección de la propiedad intelectual así como nuevos modelos de venta de los productos. Y también lo soy con quienes propugnan el gratis total.

Pero hoy de quien toca hablar es de los primeros entre otras cosa motivado por un artículo publicado por Ángeles González Sinde en El País, titulado El adversario es otro en el cual se mezclan tergiversaciones con falsedades y una clara omisión. Vayamos por parte:

Empieza la señora ministra con una cita de El Quijote, concretamente del “Privilegio” que le concede el Rey, entonces Felipe III, para poder publicar su libro, concretamente lo que hoy conocemos como primera parte y cita así esta señora:

"Por parte de vos, Miguel de Cervantes, nos fue hecha relación que habíades compuesto un libro intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha, el cual os había costado mucho trabajo y era muy útil y provechoso (...) Os damos licencia y facultad para que vos, o la persona que vuestro poder hubiere y no otra alguna, podais imprimir el dicho libro (...) So pena que la persona o personas que sin tener vuestro poder lo imprimiere o vendiere: o hiciere imprimir o vender, por el mesmo caso pierda la impresión que hiciere, con los moldes y aparejos de ella: y más incurra en pena de cincuenta mil maravedís cada vez que lo contrario hiciere... Fecha en Valladolid a veinte y seis días del mes de Septiembre de mil seiscientos y cuatro años. Yo el Rey."

Como suele ser habitual, cada cual cita como le viene en gana pero, cuando hay posibilidad de ir al original y, más concretamente, al mismo que cita la señora ministra, vemos que hay una omisión bastante clara y, dado que esta obra la que pone como ejemplo, no me parece en absoluto baladí: “por tiempo y espacio de diez años” que se podría incluir en los puntos suspensivos que van entre “el dicho libro” y “So pena…”. Es decir, pasados esos diez años cualquiera podría imprimir y no los setenta actuales que empiezan a contar con la muerte del autor a los cuales habría que añadir todos los años que él viva… Me parece una diferencia bastante importante y más cuando en ella se quiere basar para reclamar los derechos actuales de los creadores.

Sigue la señora ministra con el tema de Cervantes y sólo se la ocurre decir que “fue la piratería la que empujó a Cervantes a escribir la segunda parte de su novela”… pues yo, entonces, diría “bendita piratería” que nos trajo esa segunda parte que para mí y para tantos es aún superior a la primera pero el caso es que es una mentira de padre y muy señor mío. Primero, en las últimas líneas de la “Primera Parte” ya escribe Cervantes: “Estos fueron los versos que se pudieron leer; los demás, por estar carcomida la letra, se entregaron a un académico para que por conjeturas los declarase. Tiénese noticia que lo ha hecho, a costa de muchas vigilias y mucho trabajo, y que tiene intención de sacallos a luz, con esperanza de la tercera salida de don Quijote”. Lo cual demuestra que ya tenía en mente sacar a la luz la “Segunda Parte” aunque lo que parece que, a la postre, lo que más le motivó a hacerla fue la aparición del llamado Quijote de Avellaneda que no fue una piratería ni tan siquiera un plagio sino la utilización de unos personajes ya creados… es como si acusamos a Wagner de plagiario por su Tristán e Isolda máxime cuando ésa era una práctica bastante habitual en la época y en ningún caso puede hablarse de piratería como, en realidad, tampoco puede hablarse de piratería al referirnos al concepto de descargas gratis de Internet por cuando varios han sido los juicios en los cuales la SGAE ha salido escaldada al ver desestimadas sus demandas contra determinadas páginas o personas, es decir, la ley está de parte de quienes descargan al menos mientras no se apruebe una ley en contra de ello. Por el momento no se puede hablar siquiera de descargas ilegales, utilizar estos términos es, cuando menos, demonizar una actividad que está amparada por los tribunales y llamar piratas tanto a quienes son intermediarios como a quienes descargan me parece, literalmente, una calumnia.

Más adelante, la señora ministra dice: “Lo que quizá sorprenda a un observador del futuro que mire atrás es el antagonismo que, al menos en nuestro país, el debate de Internet ha generado: gente de la cultura versus gente de la tecnología”… ¿Antagonismo? ¿Dónde? ¿Se puede ser antagonista de algo que uno se apresura a tener? Citando a Rosa María Artal, la replicaría: “Mire Vd”, que dirían los del PP y quienes copian sus muletillas, “la verdad es que” aclararían quienes llenan sus cerebros huecos con las frases de Rubalcaba, que esto viene a ser así: “me gusta la gastronomía pero rechazo los utensilios de cocina”. Disociar la cultura y sus instrumentos es no tener ni repajolera idea de lo que se habla. Y es responsable de su gestión, precisamente”.

Como ya he escrito al comienzo, no estoy del todo de acuerdo con quienes preconizan el gratis total, es evidente que el artista trabajará mejor si tiene una compensación adecuada a su trabajo claro que esto también habría que replanteárselo seriamente: Volviendo al ejemplo de Cervantes, éste nunca vivió de lo que escribía tuviera o no tuviera privilegios ya que, todo lo más, un impresor no tenía más que esperar diez años para poder publicar su obra y, en aquel entonces, diez años eran mucho menos tiempo, desde el punto de vista editorial, que hoy día cuando, a los pocos meses de aparecer en las librerías, los libros desaparecen en muchos casos para siempre y, quienes vivían de su arte, lo hacían siendo siervos de los reyes, aristócratas o alto clero como, por ejemplo, Velázquez de quien escribió Ortega que su arte era superior porque, desde muy pronto, había sido nombrado pintor del rey y eso le dio libertad para crear… ¿pero son mejores sus cuadros pintados por el simple placer de pintar o los de encargo? ¿Es mejor El triunfo de Baco que La Rendición de Breda y eso suponiendo que el primero no fuera de encargo? Es más, yo llegaría a decir que el artista que no depende de lo que gane con su arte es mucho más libre que quien está expuesto a los vaivenes del mercado.

Por otra parte, en cuanto a que los autores se ven perjudicados por las descargas en las cantidades que dicen los defensores de esas leyes contra las descargas, habría mucho que decir. En primer lugar que se basan en falsas cuentas, un poco al estilo de cómo hacen los economistas pagados por la banca a la hora de justificar la elevación de la edad de jubilación –y es que todo en este mundo está interrelacionado lo queramos o no-, es decir, ellos calculan que, por poner un ejemplo, se han hecho mil millones de descargas de discos. Teniendo en cuenta que un disco vale alrededor de veinte euros, multiplican y ya tienen la cifra mágica de veinte mil millones de euros que, según dicen, pierde –deja de ganar, que no es lo mismo- la industria a lo largo del año lo cual es totalmente incierto. En primer lugar es fácil encontrar discos por mucho menos dinero, sólo las novedades suelen costar esos veinte euros o, incluso, más pero, una vez pasado el tiempo, se pueden encontrar por mucho menos dinero hasta el punto que el año pasado compré las obras completas de Mozart -170 discos- por menos de 80 euros, es decir, el compacto no me llegó siquiera a los 50 céntimos.

Por otra parte, no todos quienes descargan música, películas o libros dejan de comprar esos productos. En mi caso concreto, tanto antes como después de empezar a descargar, compraba habitualmente unos 20 o 30 discos al año –el pasado fue excepcional por lo ya dicho pero con los habituales compré alrededor de 200- y el doble aproximadamente de libros aunque pocos dvd’s… tampoco antes los compraba en un número elevado. La diferencia es que ahora puedo tener mucha más música y hasta algún que otro libro que, debido a vivir en un lugar apartado, me es difícil de conseguir incluso por Internet que, todo hay que decirlo, con los gastos de envío, suelen elevar bastante el precio si no es un pedido elevado. Mis hijos, por su parte, también siguen comprando de todo siempre que pueden, prefieren una obra en formato original a otra descargada y, en general, con las personas que conozco, suele suceder lo mismo aunque no discuto que haya personas que hayan decidido no comprar ninguno de estos productos lo mismo que programas informáticos, juegos u otros productos que se puedan descargar y, desde luego, con la crisis económica y las constantes subidas del tabaco también es posible que haya quienes no puedan seguir el ritmo de compra anterior porque hay que tener, además, en cuenta, que, sobre todo los cd’s y dvd’s son enormemente caros. Así, según una estadística que leí hace pocos años, España era el lugar de Europa que, teniendo en cuenta el nivel de vida, eran más caros los cd’s y el segundo de Europa, tras Gran Bretaña, en que eran mas caros de forma absoluta aunque no hace muchas semanas leí que en Gran Bretaña, por ejemplo, se pueden comprar los discos de los Beatles a mitad de precio que en España y lo mismo con las obras de otros autores.

Yo, que ya tengo una edad y que desde hace cuarenta años estoy comprando discos, comprobé cómo, cuando salieron las casetes, valían más caras que los vinilos pero, con el transcurso del tiempo, los precios de ambos se equilibraron debido al no ascenso en el precio de las casetes. En esto que aparecen los cd’s que, como cualquier novedad, son, más o menos, el doble de caros que los formatos anteriores. Tuve oportunidad de ver la evolución de los precios de unos y de otros y, cuando desaparecen los vinilos, las casetes, que aún se mantuvieron algunos años, siguieron siendo bastantes más baratas que el cd. Una vez desapareció el formato de cinta, el precio de los cd’s ha seguido evolucionando hacia arriba más o menos al mismo ritmo que el IPC si no más… ¿a qué se debe esto? Un cd virgen es mucho más barato que una casete y que un vinilo, las casas discográficas ya no tenían que repartir sus ediciones en dos o tres formatos sino que había uno solo que, sin embargo, no bajó en ningún momento su precio y que, como ya he dicho, se ha colocado en el nivel más alto de toda Europa en relación al nivel de vida.

Lo mismo cabe decir de los dvd’s respecto a los “viejos” vídeos. Una cinta de vídeo virgen me costaba hace ya algunos años unos dos o tres euros, ahora un dvd virgen vale unos pocos céntimos mientras el precio de éstos grabados vale mucho más que los VHS. Las películas en el nuevo soporte que, en principio, es bastante más barato que el viejo, valían más del doble que en éste y el precio ha seguido aumentando con los años a un nivel similar al de los cd’s.

No, señora ministra, hay otros muchos aspectos que hay que observar, ya sabemos todos de dónde viene, del mundo del cine pero no hay ninguna lucha de la tecnología contra la cultura, todos queremos que se sigan produciendo música, películas, libros y demás pero lo que muchos no están dispuestos a soportar son los altos precios de estos productos. De lo que sí podría hablarse es de una lucha de la tecnología contra una industria obsoleta que es incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos.

martes, 18 de enero de 2011

La caverna mediática y su correlación con la misma prensa de la Segunda República

El salvaje ataque que se perpetró hace unos días contra el consejero de Cultura murciano ha servido para que toda la artillería mediática y partidista del PP se ponga una vez más en marcha con toda su violencia, por el momento solo verbal cual si de un nuevo asesinato de Calvo Sotelo se tratara, una violencia que en nada está acorde con la situación española actual pero a ellos todo eso no les importa en absoluto, ellos lo que quieren, lo que buscan, es sangre sea de la forma que sea y, así, Ignacio Camacho habla de “una responsabilidad política que afecta a los que inspiran el clima de enfrentamiento civil capaz de propiciar la barbarie”; mientras Ignacio Villa se pregunta: "¿Quién está detrás de la agresión? ¿Quién ha abonado el terreno para que la violencia irrumpa contra el poder institucional?”. Las respuestas no las da –al menos José María Izquierdo, de cuyo blog tomo estas citas no las da y conste que, de haberlas mencionado el susodicho Villa, las habría expuesto- pero, teniendo en cuenta la ideología del ¿autor?, sabemos que no pasan de ser preguntas retóricas cuyos lectores saben bien a quién acusan

El aristócrata Ussía : “Esta nueva izquierda del pasado siglo que ha reinventado Zapatero no quiere ser vencida ni por las urnas”. Un editorialista de ABC dice: ““Hay muchos antecedentes de acoso violento al PP en tiempo electoral. Fuera en su día la crisis del ‘Prestige’, o fuera la intervención en Irak, la izquierda no ha dudado en recurrir a la violencia para intimidar al PP” [sic]. Carlos Dávila está llamando a la derecha a la insurrección cuando rebuzna: “A la izquierda le vale todo; la derecha escondidita, acojonadita. Permiso para respirar”. Jiménez Losantos, como no podía ser menos, sigue la misma línea y, para eso, ¿qué mejor que darnos una lección de cómo no fue la historia?: “Por desgracia, la parálisis política y la cobardía física han propiciado siempre el triunfo de la izquierda violenta. Ni el golpe del 34 ni el proceso revolucionario del 36 se habrían producido si la derecha, tras ganar las elecciones, hubiera creído en sí misma y hubiera defendido a sus votantes y, de paso, a la legalidad vigente. Pero el apocamiento, el maricomplejinismo de la derecha política no son de hoy sino de hace un siglo”. Y digo que es una lección de cómo no fue la historia por cuanto –entre otras muchas falsedades que hay en estas pocas líneas-, lo del 34 no fue un golpe sino una huelga general revolucionaria mientras que lo del 36 no fue un proceso revolucionario sino un golpe militar que, eso sí, propició el proceso revolucionario –es un decir- pero, primero fue el golpe y, más adelante, los intentos frustrados –en gran parte por la actuación del PCE- de revolución. Claro que el señorito Jiménez Losantos no termina aquí, él sigue con su insistencia en terminar con cualquier cosa que, mínimamente, huela a izquierda: “Ya sabemos lo que desde el Poder es capaz de hacer el PSOE. También desde la oposición. Habría que empezar a organizar, y para ello lo primero es debatir, la forma de evitar que un PSOE aliado al resto de la Izquierda y los nacionalistas acabe en la calle, violentamente, a la manera de sus conmilitones de Murcia, con un Gobierno de derechas, solo o asociado con la izquierda nacional”. Y terminamos con Hermann Tertsch: "Están nerviosos. Porque el plan era quedarse. Abolir la alternancia entre los dos grandes partidos por medio de una alianza permanente con todo el espectro secesionista. Que expulsara al Partido Popular del sistema (…) Habría sido la victoria postrera de la impoluta y gloriosa II República, la victoria que Rodríguez Zapatero le debía a su abuelito. Y el final de la Transición y la Reconciliación Nacional que consideran una farsa superada. Había que dividir otra vez a España en dos partes, homologables a las que supuestamente hubo entonces. Y readjudicar el papel de vencedores y buenos y derrotados y malos”.

Parece muy conocido el sistema ése de que somos los de izquierda quienes una y otra vez pretendemos sacar a relucir el tema de la Guerra Civil y de la Segunda República… ¿Y cómo no lo vamos a hacer si ellos no nos dejan? El día que reconozcan que fueron ellos o, mejor dicho, sus antecesores políticos quienes dieron comienzo a aquella catástrofe, entonces empezará a haber una auténtica Reconciliación Nacional. Mientras ellos sigan agitando el fantasma de “sus” víctimas olvidándose de los “otros”, a los demás, a los herederos ideológicos de las víctimas, no nos quedará otro remedio que reivindicar su memoria.

Pero no era de esto de lo que quería hablar sino, precisamente de esa vocinglera que han armado por un hecho, todo lo execrable que se quiera que en eso no voy a escatimar adjetivos, que en nada refleja la situación actual de España. Para ellos pareciera que el tiempo no hubiera pasado, que siguieran anclados en la primavera de 1936 cuando sus conmilitones intentaron por todos los medios, tanto legales como ilegales, de terminar con el experimento democrático de la Segunda República. Porque, digámoslo de una vez, es cierto que en aquel entonces hubo bastantes asesinatos políticos cometidos por la izquierda pero los falangistas de aquel entonces se jactaron de haber asesinado a varios cientos de izquierdistas y, aunque la cifra parece algo exagerada, desde luego da un ejemplo bastante interesante de lo que pretendían los seguidores de la dialéctica “de los puños y las pistolas”. En realidad parece que los asesinatos políticos entre una y otra ideología fueron bastante menores pero la impresión que se tiene, sobre todo leyendo la prensa de la derecha de aquellos meses, es similar a la que se puede obtener hoy día tras leer todos esos artículos de la prensa de la misma ideología de hoy día. Hay un trabajo deRafael Cruz: "El repertorio frenético. La ocupación de la calle en la primavera de 1936" que pone las cosas en su sitio cuando dice:

En primer término, la violencia se desplegó alrededor de las movilizaciones iniciadas como convencionales y pacíficas, toleradas o no. Las manifestaciones de júbilo celebradas en cada rincón de la geografía española fueron pacíficas, con excepción de las de Madrid, Barcelona, Las Palmas, Zaragoza y Alicante, donde se produjeron víctimas mortales; además se ocasionaron altercados con heridos en El Ferrol, Huelva, Murcia, Melilla y Ceuta. Las víctimas en todos los casos fueron manifestantes y los agresores resultaron ser adversarios y, lo más habitual, agentes de policía o militares del Ejército regular. Es decir, las movilizaciones se rompieron al intervenir grupos y personas que no participaban en ellas. El resultado de la intervención ajena no sólo consistía en la creación inmediata de heridos o muertos, sino también en el cambio de escala de la movilización, al acudir más grupos a nuevas movilizaciones, o en el efecto espiral, al ser respondida la agresión con enfrentamientos posteriores que, a su vez provocan nuevas movilizaciones y nuevas respuestas violentas. El ejemplo más espectacular sucedió en Granada, a partir de la celebración el domingo 8 de marzo de un mitin y una manifestación electorales de carácter pacífico, a los que siguió una reyerta entre falangistas y izquierdistas, con resultado de heridos, una huelga general con manifestación, más enfrentamientos entre adversarios y policía, asaltos a iglesias, sedes de partidos políticos y tiendas de comestibles y, por último, el entierro de dos obreros muertos por disparos el día 13. […] Este tipo de situaciones se repitió de manera constante en casi toda España desde el 17 de febrero hasta mediados de mayo, cuando se redujeron de manera notable las concentraciones multitudinarias. En principio, confluyeron dos clases de circunstancias en la provocación de las víctimas por parte de la policía. El derecho de manifestación al aire libre se encontró restringido por orden de los distintos ministros de la Gobernación, en virtud de considerar la movilización en la calle no un derecho reconocido y garantizado de los ciudadanos, sino una cuestión de oren público. La ocupación de la calle se constituyó en un elemento de disputa entre la autoridad y la población civil, y al margen de cierto grado de tolerancia inicial, los gobernadores civiles y la policía consideraron la movilización al aire libre un peligro potencial para el Gobierno. Al entenderse así, el control policial con el uso de las armas siempre se justificó de manera legal. Los gobernadores intentaron en muchas ocasiones desplegar acciones preventivas que disuadieran a los grupos de una movilización prohibida o de romper los acuerdos establecidos de antemano en las movilizaciones toleradas. Tropezaron, sin embargo, con la escasez de fuerzas para responder a los continuos desafíos, la precaria movilidad de las existentes y la falta de preparación técnica y política de muchos agentes. Ante la ineficacia de la prevención, la represión se convirtió en la fórmula más habitual de control policial. Y se ejerció con armas de fuego, sin que su uso indiscriminado tuviera coste político alguno para el Ministerio. Las facultades gubernativas otorgadas por la Constitución y sus leyes excepcionales, renovadas por el apoyo político de la mayoría parlamentaria, y la prioridad de la seguridad gubernamental sobre el derecho de ciudadanía, equivalían a conceder a la política un cheque en blanco a la hora de controlar el espacio público. Junto con la interferencia policial y de los adversarios, las movilizaciones pacíficas también pudieron ser origen de despliegues de actuaciones violentas cuando los “márgenes” de las concentraciones aprovechaban su celebración para realizar incendios, asaltos, hogueras y reyertas con los adversarios. Ocurría con frecuencia sin un despliegue policial de protección de las sedes de partidos, periódicos o iglesias, al estar la mayoría de los agentes vigilando la concentración pacífica y tolerada. Así, el 20 de febrero –un día en el que se extendió por media España el procedimiento, sin duda por la ausencia de gobernadores civiles en su puesto-, mientras se celebraba una manifestación tolerada por la reposición del Ayuntamiento elegido el 12 de abril de 1931 en Alicante, en otro lado de la ciudad unos individuos asaltaron el Círculo Radical, el Círculo Republicano Independiente, la sede de la Derecha Regional Valenciana, de Falange, el Círculo Católico, la imprenta del diario El Día, todo ello con el resultado de dos heridos graves, dos muertos y treinta detenidos por la policía[1].

Y, más adelante:

Quien ocupó la calle en casi todo el territorio español por medio de fuerzas especializadas en el uso de la violencia fue el Estado. A través del recurso del estado de alarma que autorizaba al Ministro de la Gobernación y a los distintos gobernadores civiles la restricción de los derechos de libre expresión, reunión, manifestación y asociación; y mediante el control policial que elevó los costes de la movilización al provocar numerosos enfrentamientos y víctimas en el lado de los desafiantes, el Gobierno pudo limitar un “exceso de movilización” en la calle que entendía perjudicial para su desempeño. En ese sentido, el Ejecutivo adquirió y aplicó un poder despótico que le permitió dominar la calle con más intensidad desde junio de 1936. Además, con la intervención directa, represiva y a veces preventiva de la policía, el Gobierno pudo “desaconsejar” a cualquier grupo político el intento de situar a sus seguidores en la calle para asaltar el Estado, ya que se enfrentaría a distintos cuerpos policiales y al Ejército regular en Madrid con la contundente violencia ya expresada durante ese período. Los distintos grupos políticos lo debieron entender así. Por eso, los partidos de la minoría parlamentaria sabían que sólo una intervención del Ejército podría contrarrestar el poder despótico del Gobierno. Esa constatación era el mayor síntoma de la debilidad política de los pequeños partidos monárquicos y de la casi desaparecida CEDA. En su lugar, el 17 de julio el Ejército comenzó a ocupar la calle[2].

Pero eso no les importó a quienes, a partir del 17 de julio, iniciaron el golpe militar que iba a terminar con el sistema representativo en España, lo mismo que no les importa a los actuales golpistas –por el momento, sólo verbales- cuando quieren hacer de un ataque a una persona el comienzo de una nueva “cruzada”. En aquel 1936, según algunos cronistas posteriores, el asesinato de Calvo Sotelo fue el principal detonante de la sublevación pero esos cronistas ignoran –o prefieren dejar en el olvido- que

El presidente [de las Cortes] Martínez Barrio explicó [el 16 de julio] que la Justicia investigaba ya los hechos (Habían sido detenidos los capitanes Gallego y Maeso, los tenientes Garrido, España, Artal, del cuerpo de Asalto, y 150 personas sospechosas de haber intervenido en la muerte de Calvo Sotelo). El ministro de Estado, Augusto Barcia, habló en tonos conciliatorios y prometió que el gobierno facilitaría todos los medios para que quienes hubieren cometido delitos los purgasen[3].

¿Qué más daba? Lo importante era justificar un golpe de Estado y criminalizar a las víctimas del mismo igual que quieren hacer ahora.

En realidad, nada ha cambiado.

pp. 20-22

pp. 30-31

TUÑÓN DE LARA: La España del siglo XX. De la Segunda República a la Guerra Civil(1931/1936), 519

lunes, 17 de enero de 2011

La dominación política III

Lo que seguía sin duda era la necesidad de elegir algún jefe. Desde tiempos inmemoriales, el grupo humano había tenido un jefe -si bien hay que hacer notar que éste, en muchas ocasiones, apenas sí lo ha sido más que nominalmente, casi menos que un primus inter pares sobre todo desde que su fuerza dejó de ser necesaria para el grupo. Para profundizar en este punto, remito al lector interesado al capítulo noveno de Antropología cultural de Marvin Harris- y no veía la necesidad de cambiar las costumbres a pesar que, a medida que pasaba el tiempo, iba absorbiendo más y más prerrogativas e incluso ya no era él quien defendía el grupo sino éste a él pues era él quien tenía las mayores riquezas codiciadas, ahora, por otros grupos. La vida humana ya no corría mucho peligro frente a las fieras. Se había inventado el arco, el escudo, yelmo y hasta coraza, todo de bronce. En algunas partes del mundo hacía tiempo que ya no se depredaba la naturaleza sino que se la dominaba: se araban los campos, varios tipos de animales habían sido domesticados viviendo en simbiosis con el hombre quien los protegía de sus habituales depredadores a cambio de cederle alguno de sus ejemplares como alimento así como leche, lana y fuerza de trabajo. Otros, en cambio, fueron utilizados como ayuda para la caza y la guerra pues ya los hombres luchaban unos contra otros. Había grupos con riquezas envidiadas por otros que no las tenían, los nómadas querían hacerse con las cosechas de los sedentarios y éstos no estaban dispuestos a compartirlas. Los reyes -ya no jefes, y el cambio es más que semántico- o príncipes se estaban quedando con el oro y las piedras preciosas. En las tumbas de la Edad del Bronce, en contra de lo que sucede durante casi todo el Neolítico, ya existen grandes diferencias entre las de los ricoshombres y el común de las gentes incluidos en este punto a los nómadas quienes, si no conseguían dominar permanentemente las civilizaciones a las que sometían debido precisamente a su carácter nómada, al menos copiaban en la medida de lo posible su estilo de vida. En las grandes civilizaciones hidráulicas, la diferencia era abismal: desde las grandes pirámides faraónicas al simple suelo del desierto. El primitivo jefe se había convertido en dios y los sacerdotes eran sus más fieles servidores -antes había sido al revés pero de estas peculiaridades ya hablaremos en el capítulo correspondiente-. Entre ambos acaparaban la mayor parte de las riquezas y el pueblo trabajaba para ellos sin llegar a conocer muy bien cómo había sucedido aquel cambio probablemente muy lento para que una conciencia no formada históricamente pudiera apreciarlo. Para el fellah egipcio probablemente aquella situación hubiera durado siempre si bien algo quedó en el subconsciente colectivo que comenzó a forjar la mítica Edad del Oro que Cervantes sintetizó a la perfección: “¡Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron el nombre de dorados; y no porque en ellos el oro (que en esta nuestra edad del hierro tanto se estima), se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío”[1] así como el jardín del Edén, una época en la cual el hombre no tenía que hacer otra cosa que alargar la mano para coger el fruto deseado, entre otras cosas, porque aún vivía en los árboles en la cálida África cosa que no podía ocurrir en otras partes del mundo colonizadas por los hombres. Pero estos mitos no pasaron de ahí. Eran otras épocas en la cual los dioses vivían entre los hombres y había gigantes en la tierra, todo un montaje preparado por príncipes y sacerdotes para que el común de las gentes no siguiera indagando en su subconsciente colectivo, comenzaba a funcionar la dominación de tipo ideológico pero esto es tema de otro capítulo. Los faraones, poco a poco, fueron bajando de su alto pedestal a medida que las intrigas palaciegas fueron demostrando que no eran tales dioses -en la coetánea Ebla, el rey ni siquiera salía de su palacio quizá para que el pueblo no supiera que era un simple mortal y tales prácticas continuaron al menos hasta el tardío imperio romano cuando ni siquiera se podía ver el rostro del emperador dado que incluso en ocasiones sólo estaba presente tras una cortina y eso a pesar que ya el cristianismo se había apoderado del Estado-, que cualquiera no perteneciente a la primitiva familia del faraón y, por tanto, sin sangre divina, podía ocupar su puesto caso de tener la fuerza necesaria para ello. Naturalmente, para legitimar su poder, se casaban con alguna hija del anterior faraón y sus sucesores entroncaban en línea directa con los más antiguos reyes del Alto y Bajo Egipto aparte el inventarse nacimientos míticos al estilo del más conocido de Moisés pero que ya había utilizado con anterioridad Sargón de Acad y harían otros muchos líderes con posterioridad para legitimar sus ilegítimas aspiraciones pero la duda no cesaba por ello -naturalmente, como queda insinuado más arriba, el casarse con una hija del rey depuesto, no era exclusiva de Egipto, no hay más que recordar la boda que tuvo Alejandro Magno con Roxana, hija de Darío III, para hacerse coronar heredero de éste-, una duda que fue minando la propia seguridad de los faraones como se puede comprobar siguiendo la historia del arte: en un principio, ellos eran claramente los dioses. Es cierto que había otros pero él era la encarnación de Horus y se representaba en igualdad de condiciones a sus congéneres e, incluso, creo recordar que algunos dioses aparecían de tamaño menor pero, a medida que la propia fe del faraón perdía enteros, él comenzó a ser representado en actitud suplicante ante quienes seguían siendo sus congéneres pero, tras la revolución amarniana encabezada por Amenofis IV -más tarde Akhenatón- ese mínimo de seguridad despareció a pesar de los esfuerzos sacerdotales por mantenerlo al frente del panteón y entonces fueron ellos quienes se desligaron de la monarquía fundando, en sus dominios tebanos, una dinastía propia si bien por poco tiempo. Apareció una nueva que quiso revivir los tiempos del Imperio Antiguo, la época de las grandes pirámides pero era una dinastía que ya no se imponía al pueblo por el carisma divino del faraón sino por el peso de las armas de su guardia y el poder de su creciente burocracia. En realidad había sido un proceso mucho más antiguo pero ya se demuestra en toda su crudeza. Es en la época del Imperio Nuevo cuando aparece este fenómeno tal y como lo heredarían lo Ptolomeos -la dinastía Lágida, sucesora, en Egipto, del gran imperio de Alejandro Magno- y, mas tarde, romanos y árabes. Poco ha cambiado en el país del Nilo en los tres últimos milenios a pesar de las varias fachadas que se han sucedido en el mismo.

El Quijote, I, IX

La dominación política II

Así pues, nos encontramos con los primeros grupos humanos, unos animales bastante extraños que caminan erguidos pero que corren poco, con unas mandíbulas y unas garras poco adecuadas para el ataque o la defensa pero con algo fundamental: un cerebro muy desarrollado y, casi con toda seguridad, un tipo de lenguaje que le permite la enseñanza de sus conocimientos a sus descendientes. En este momento, la enseñanza no es un privilegio sino una necesidad social, se deben enseñar todos los adelantos para hacer más efectiva la supervivencia del grupo además de transmitir los adquiridos por las anteriores generaciones. Y así, ante el pasmo de cualquier observador imparcial, aquel animal, en nada adaptado al medio, no sólo sobrevivió sino que fue más poderoso cuando menos adaptado estaba físicamente a las condiciones medioambientales, una rara avis que se expandía por todo el planeta superando todo tipo de dificultades geográficas, siempre en grupo, siempre con un macho dominante pero este macho era el más fuerte, era aquél que más le interesaba al grupo por sus características para la defensa del mismo y era un jefe que era derrocado cuando no servía para su cometido e, incluso, según apuntan varios antropólogos, puede que el jefe derrocado sirviera de alimento al resto de la tribu, teoría de la cual se aprovechó Freud para construir su, en muchos aspectos, admirable Tótem y tabú si bien ha sido muy criticada en numerosos puntos por cuanto para otros estudiosos lo que querían hacer al comer al viejo jefe era asumir su poder, su fuerza, como si en su carne estuviera concentrada la capacidad de volver a ser como él, o sea, una especie de reencarnacionismo. Eran otros tiempos. El hombre, aunque físicamente negase las teorías de Darwin, en realidad, estaba luchando contra todos. Dejó de ser un animal frugívoro para convertirse en omnívoro: las primeras carnes que ingiriera probablemente fuesen carroña e insectos así como sería escaso el porcentaje de la misma en sus dietas, porcentaje que fue incrementando a medida que se alejaba de las regiones tropicales hacia otras en las cuales las frutas son más escasas en algunas temporadas del año. El ser humano ya tenía una serie de armas que le permitían defenderse con bastantes probabilidades de éxito frente a los grandes carnívoros incluso de forma individual pero, aún así, el hombre no se encontraba a gusto fuera del grupo, era a él a quien le debía su existencia, quien le defendía y alimentaba pues todo debería ser, más o menos, en común si bien es posible que el jefe fuese quien se llevase la mejor parte como suele suceder entre algunos carnívoros. Y ya el jefe, a medida que las técnicas cinegéticas se fueron perfeccionando, no tenía por qué ser el más fuerte. Quizás aún, para elegirle, deberían luchar los machos entre sí y el vencedor quedaría como jefe pero éste debía mostrar ahora más inteligencia pues cazar animales más rápidos que el hombre y, en ocasiones, más fuertes requería más destreza que fuerza y, a partir de este momento, comenzó a valorarse la experiencia, ya los jefes no deberían temer servir de alimento a sus subordinados -si bien es posible que entonces naciera el rito de comer sus cerebros, rito que parece atestiguado por el ensanchamiento artificial del foramen magnun, el lugar por el cual el cráneo se une al cuello de algunos restos arqueológicos- y las institución comenzó a tener forma. Primero fue una necesidad meramente defensiva, ahora lo era ofensiva. En algún momento, sin que quizá nunca se llegue a conocer el por qué, a pesar de las muchas teorías avanzadas al efecto, la institución comenzó a hacerse hereditaria. Puede que, en un principio, se prefiriera como jefe a alguien emparentado más o menos directamente con el anterior aunque es seguro que habría disputas entre los diversos aspirantes como la ha habido hasta tiempos tan recientes que en España la última guerra carlista, o que, al menos, sus representantes se batieron todos juntos en el mismo bando contra los “otros“- terminó en 1939. Más adelante, cuando muriera un jefe que hubiera dejado grato recuerdo, se podría llegar fácilmente a la conclusión que sus propios hijos eran las personas más adecuadas para sucederle y, evidentemente, en una hipotética lucha entre ellos era el mayor quien tenía mayores posibilidades de vencer -la eterna lucha entre Caín y Abel aunque, de vez en cuando, podía aparecer un Jacob que triunfase sobre Esaú- y, en base a ello, se estableció con el tiempo el derecho de primogenitura si bien ya estamos en una época relativamente reciente y las diversas culturas han tenido sus propios métodos de elección del jefe, en teoría, más adecuado si bien éste siempre ha tendido a ser quien eligiera a su sucesor quizá para evitarse el ser comido en vida. De lo que no cabe duda es de que el hecho de creer que la capacidad para ser un buen jefe residía en la propia carne del mismo, bien pudo influir en el hecho de que, al ser conscientes los hombres de quién eran los hijos que traían al mundo sus mujeres, creyeran que éstos también podían tener en sus genes la misma capacidad de sus padres.

domingo, 16 de enero de 2011

La dominación política I

LA DOMINACIÓN POLÍTICA de unos hombres sobre otros es el tipo de subyugación más antigua que se presupone, también la más natural y, por tanto, la más antihumana por cuanto no es creación del hombre como tal sino de sus ancestros simiescos.

Si por algo ha destacado el ser humano ha sido por intentar desligarse de todas las ataduras con sus ancestros no-racionales sin embargo, a pesar de una lucha titánica mantenida a través de muchos milenios para liberarse de la tutela de los gerifaltes de turno, nos encontramos en la actualidad conque el poder del Estado, la nueva forma de dominación, va creciendo día a día a pesar de lo que nos quieren hacer creer en la actualidad los detentadores del nuevo liberalismo. El control del Estado sobre cada uno de nosotros es mucho más estrecho que hace unos pocos decenios incluso en plena dictadura. El Estado nos controla, sigue nuestros pasos minuto a minuto a través de las más variadas tecnologías y la gran pesadilla de Orwell parece que está a punto de ser realidad, quizá se equivocara en algunos decenios pero eso, ¿qué importa? Lo más curioso del asunto es que tal cumplimiento está sucediendo en una época en la cual han desaparecido los regímenes estalinistas de Europa -quizá porque ya no sea necesaria una opresión tan burda como los viejos gulags- y son precisamente los llamados democráticos los que están llevando a cabo este proceso aunque es probable que Orwell no considerara democráticos a este tipo de regímenes como hago yo mismo e intentaré demostrar más adelante.

Quizás el mayor problema que nos encontremos quienes sí queremos vivir en un sistema democrático -ya se sabe aquello de todo para el pueblo, por el pueblo y con el pueblo o ese otro mucho más radical: Libertad, Igualdad y Fraternidad- es que al simple ciudadano no le importa gran cosa el recorte de sus libertades en aras de eso que viene denominándose “seguridad” pero... ¿qué tipo de seguridad puede ofrecernos un Estado que se debate constantemente entre la bancarrota y la dictadura? ¿Lo vamos a vender todo en aras a una paz ficticia, una paz que, a lo único que se asemeja es a la paz de los cementerios?

¿Qué paz, qué seguridad son éstas?

¿Y cómo hemos llegado a este punto?

¿Cuál fue nuestro punto de partida?

Tres puntos y muchas interrogaciones entre ambos. A todo trataré de responder en este capítulo si bien no debo dejar de olvidar que el dominio político de unas personas sobre otras va normalmente acompañado de otro tipo de dominación que ayuda o confirma ésta pero es ésta, precisamente, la que más claramente se manifiesta a lo largo de la historia. También, según todos los indicios, la primera ya que, como acabo de señalar, es la que nos retrotrae a nuestros ancestros no-racionales pues el hombre, como casi todos los simios, es, naturalmente, un animal social y en todas las especies sociales se da una cierta jerarquía, más marcada en unos casos que en otros pero muy fuerte entre casi todos los primates y simios en general con las lógicas excepciones. Los estudios que se han hecho sobre babuinos, gorilas y demás así lo demuestran.

En todos ellos hay un macho dominante y, a su alrededor, un grupo de machos secundarios siempre dispuestos a restablecer el orden cuando hay algún alboroto y a ocupar el puesto del macho dominante en cuanto éste desaparezca o bien dé alguna muestra de debilidad. Por ello, éste siempre ha de estar alerta y manifestando, con cierta frecuencia, su superioridad sobre los demás. Cualquier estudio de un etólogo al respecto puede servir para ampliar este aspecto por lo cual paso adelante sin más preámbulos aunque sí confesando que no soy un etólogo.

Formas de dominación. Introducción

DESDE los tiempos más remotos, las oligarquías han inventado las más peregrinas teorías para justificar su pretendida superioridad sobre el común de los mortales. Esta serie tratará de explicar las doctrinas en las cuales se han basado para su intento de dominación y cómo las han llevado a la práctica sin parar mientes en las múltiples contradicciones que ello ha conllevado.

Claro que todos nos preguntamos qué es lo que buscan esas elites a la hora de buscar ese predominio sobre el resto de sus congéneres porque es evidente que en ello hay un propósito: Hay quien ha propuesto que tal objetivo era la búsqueda de riquezas, así la economía sería el principal motor de la historia con lo cual ésta se convertiría en algo muy simplista. Otros autores hablan del ansia de poder, que en realidad a las elites no les interesan las riquezas como tales y que éstas serían un medio para un fin, de esta forma, por ejemplo, las ricas vestiduras que llevan los reyes de épocas pasadas no era para demostrar que tenían un gran tesoro sino para que sus súbditos supieran quiénes eran quienes mandaban, así la ropa no sería sino un simple elemento de estatus, de ahí que en tantas épocas –al menos hasta el siglo XVIII inclusive- se promulgaran tantas leyes contra el lujo, es decir, leyes que impedían a quienes no pertenecían a la nobleza tener determinados atuendos e, incluso entre ellos, dependiendo de su rango en la escala jerárquica, tendrían prohibidos determinadas indumentarias, claro que eso sucedió cuando algunas capas de la sociedad no nobles empezaron a enriquecerse por otros medios que no fuera la tierra, fuente principal de riquezas de la aristocracia hasta los tiempos recientes… Si algunos no nobles o nobles de inferior grado podían vestir igual o mejor que los “grandes”, “pares” o el nombre que tuvieran en otros países, se les iba a confundir por las calles y, al contemplar a muchos así vestidos, el hecho de ser aristócrata iba a verse minusvalorado y serían tratados por un igual tanto los aristócratas como los simples burgueses y, sobre todo, éstos podían arrebatarles el poder, de ahí, de esa ansia por mantenerlo o coparlo que han tenido todos los grupos sociales económicamente más favorecidos por el favor real o republicano, que parezca que el poder es el objetivo final de tales personas. No obstante, desde mi punto de vista así como del de otros autores de la talla de Freud, D. Morris o M. Harris existe otro objetivo mucho menos evidente en la sociedad actual e incluso en las anteriores casi quizás hasta la época prehistórica pero no por eso menos exacto como es el acceso al sexo. En realidad la mujer es el botín de guerra que se ha “aprovechado” en todas las épocas. Los hombres e incluso los niños podían ser asesinados o, utilizando un lenguaje políticamente correcto, sacrificados a los dioses pero no las mujeres, éstas o, al menos, la mayoría pasaban a los harenes de los vencedores. Y es que en los distintos sistemas de dominación, casi siempre el hombre dominante tiene un más amplio acceso a las mujeres. Hoy aún escuchamos horrorizados cómo en las distintas guerras, las mujeres son sistemáticamente violadas por los vencedores de tal o cual batalla y no solamente sucede eso en los conflictos del denominado Tercer Mundo entre países de tales lugares sino que también las tropas de los ejércitos “civilizados” también toman parte en estas orgías contra los derechos humanos quizás en menor medida que aquéllas pero no por ello son menos espeluznantes.

Pero no sólo en la guerra los hombres de más poder político o económico –aspectos éstos que no siempre van unidos en la actualidad aunque… ya lo comprobaremos en su momento al menos en cuanto se refiere al poder económico demasiado entrometido en el político- o incluso cultural –sin necesidad de hablar de las grandes estrellas de la canción o del cine- tienen más mujeres que el común de los mortales sino que esto también sucede en la paz como tenemos ocasión de comprobar día tras día en una actitud asumida no sólo por los hombres sino también por las mujeres. Y es que lo que en realidad le interesa al varón dominante es esparcir sus semen a los cuatro vientos, tener el mayor número de vástagos posibles aun cuando luego no los reconozcan como era tan habitual entre los reyes y nobles de tiempos pasados quizá porque no estuvieran del todo seguros de que fueran suyos que, cuando sí, algunos de ellos sí lo fueron y llegaron a ocupar puestos importantes tanto en la milicia (Juan de Austria) como en la política (Juan José de Austria más conocido como el cardenal-infante) o en la religión (el ya citado Juan José o el hijo de Fernando el Católico que terminó siendo arzobispo de Zaragoza). Se me dirá que también las mujeres de cierto nivel social tienen sus hombres pero hay que tener en cuenta que éstas, desde un punto de vista biológico, no tienen la misma necesidad de expandir sus genes a los cuatro vientos, ellas sólo pueden tener un embarazo de cada vez y, por ello, en ellas la pulsión hacia el sexo –independientemente de los cambios que en esta materia se han dado últimamente en este aspecto y que más coinciden con los hábitos de los machos asimilados por las hembras- no tiene la misma perentoriedad que en el hombre, en realidad, cuando buscan un segundo o tercer o… hombre, lo que buscan es amor o un sexo más placentero o, incluso, simplemente diversificar. El hombre, no, de ahí que todas las sociedades guerreras hayan sido tan “celosas” con respecto a sus mujeres si exceptuamos a los espartanos, demasiado liberales para su tiempo en este aspecto pero es que en esta sociedad lo que primaba no era que el hombre tuviera más hijos sino la polis más guerreros… Aquí el papel del ser individual lo tomaba la colectividad.

Si miramos a lo largo de la historia, las comunidades más pacíficas –o menos militaristas- son aquéllas en las cuales las mujeres tienen más libertades o, en todo caso, están menos encadenadas y así lo vemos en el viejo Egipto donde incluso una mujer llegó a gobernar aunque, eso sí, vestida como un hombre y siendo faraón, no “faraona”. También en el mundo occidental comprobamos, desde los viejos tiempos feudales, cómo, a medida que la sociedad –que no los gobiernos- ha ido repudiando la guerra, las mujeres han alcanzado unas cotas de libertad que hubieran sido inimaginables incluso para quienes habitaban esta parte del mundo hace poco más de medio siglo.

Naturalmente esta serie no va a tratar de cómo los hombres se dedicaban a conseguir más mujeres, a expandir sus genes a diestro y siniestro, estas líneas lo único que quieren exponer es cuál es el objetivo último de tantos dominios que, a lo largo de la historia, han adquirido tantas máscaras intentando sublimar lo que, a la postre, no son sino las simples peleas entre los simios por tener el mayor número de hembras posibles e impidiendo, en la mayoría de los casos, el acceso a las mismas del resto de sus congéneres. Esto hoy día no se puede conseguir pero, a la postre, es lo que intentan. El ansia de poder no es sino el ansia de tener muchas mujeres disponibles y no el ansia de riquezas que, en la medida que cumple el mismo objetivo, puede llegar a ser equivalente lo mismo que la notoriedad en cualquier campo. Por eso la historia de las formas de dominación es una historia fundamentalmente de hombres así como de aquellas escasas mujeres que adoptaron la misma ideología sin saber realmente para qué querían el poder, la riqueza o la notoriedad pues ellas no necesitan de estos aspectos para tener un número de hombres suficientes para sus apetencias sexuales… es posible que ellas sí busquen el poder, la riqueza o la notoriedad por sí mismos.

V. FREUD: El malestar en la cultura, pp. 65-66, MORRIS: El mono desnudo, p. 114 y HARRIS:Vacas, cerdos, guerras y brujas (Los enigmas de la cultura), pp. 100 y ss.