lunes, 17 de enero de 2011

La dominación política II

Así pues, nos encontramos con los primeros grupos humanos, unos animales bastante extraños que caminan erguidos pero que corren poco, con unas mandíbulas y unas garras poco adecuadas para el ataque o la defensa pero con algo fundamental: un cerebro muy desarrollado y, casi con toda seguridad, un tipo de lenguaje que le permite la enseñanza de sus conocimientos a sus descendientes. En este momento, la enseñanza no es un privilegio sino una necesidad social, se deben enseñar todos los adelantos para hacer más efectiva la supervivencia del grupo además de transmitir los adquiridos por las anteriores generaciones. Y así, ante el pasmo de cualquier observador imparcial, aquel animal, en nada adaptado al medio, no sólo sobrevivió sino que fue más poderoso cuando menos adaptado estaba físicamente a las condiciones medioambientales, una rara avis que se expandía por todo el planeta superando todo tipo de dificultades geográficas, siempre en grupo, siempre con un macho dominante pero este macho era el más fuerte, era aquél que más le interesaba al grupo por sus características para la defensa del mismo y era un jefe que era derrocado cuando no servía para su cometido e, incluso, según apuntan varios antropólogos, puede que el jefe derrocado sirviera de alimento al resto de la tribu, teoría de la cual se aprovechó Freud para construir su, en muchos aspectos, admirable Tótem y tabú si bien ha sido muy criticada en numerosos puntos por cuanto para otros estudiosos lo que querían hacer al comer al viejo jefe era asumir su poder, su fuerza, como si en su carne estuviera concentrada la capacidad de volver a ser como él, o sea, una especie de reencarnacionismo. Eran otros tiempos. El hombre, aunque físicamente negase las teorías de Darwin, en realidad, estaba luchando contra todos. Dejó de ser un animal frugívoro para convertirse en omnívoro: las primeras carnes que ingiriera probablemente fuesen carroña e insectos así como sería escaso el porcentaje de la misma en sus dietas, porcentaje que fue incrementando a medida que se alejaba de las regiones tropicales hacia otras en las cuales las frutas son más escasas en algunas temporadas del año. El ser humano ya tenía una serie de armas que le permitían defenderse con bastantes probabilidades de éxito frente a los grandes carnívoros incluso de forma individual pero, aún así, el hombre no se encontraba a gusto fuera del grupo, era a él a quien le debía su existencia, quien le defendía y alimentaba pues todo debería ser, más o menos, en común si bien es posible que el jefe fuese quien se llevase la mejor parte como suele suceder entre algunos carnívoros. Y ya el jefe, a medida que las técnicas cinegéticas se fueron perfeccionando, no tenía por qué ser el más fuerte. Quizás aún, para elegirle, deberían luchar los machos entre sí y el vencedor quedaría como jefe pero éste debía mostrar ahora más inteligencia pues cazar animales más rápidos que el hombre y, en ocasiones, más fuertes requería más destreza que fuerza y, a partir de este momento, comenzó a valorarse la experiencia, ya los jefes no deberían temer servir de alimento a sus subordinados -si bien es posible que entonces naciera el rito de comer sus cerebros, rito que parece atestiguado por el ensanchamiento artificial del foramen magnun, el lugar por el cual el cráneo se une al cuello de algunos restos arqueológicos- y las institución comenzó a tener forma. Primero fue una necesidad meramente defensiva, ahora lo era ofensiva. En algún momento, sin que quizá nunca se llegue a conocer el por qué, a pesar de las muchas teorías avanzadas al efecto, la institución comenzó a hacerse hereditaria. Puede que, en un principio, se prefiriera como jefe a alguien emparentado más o menos directamente con el anterior aunque es seguro que habría disputas entre los diversos aspirantes como la ha habido hasta tiempos tan recientes que en España la última guerra carlista, o que, al menos, sus representantes se batieron todos juntos en el mismo bando contra los “otros“- terminó en 1939. Más adelante, cuando muriera un jefe que hubiera dejado grato recuerdo, se podría llegar fácilmente a la conclusión que sus propios hijos eran las personas más adecuadas para sucederle y, evidentemente, en una hipotética lucha entre ellos era el mayor quien tenía mayores posibilidades de vencer -la eterna lucha entre Caín y Abel aunque, de vez en cuando, podía aparecer un Jacob que triunfase sobre Esaú- y, en base a ello, se estableció con el tiempo el derecho de primogenitura si bien ya estamos en una época relativamente reciente y las diversas culturas han tenido sus propios métodos de elección del jefe, en teoría, más adecuado si bien éste siempre ha tendido a ser quien eligiera a su sucesor quizá para evitarse el ser comido en vida. De lo que no cabe duda es de que el hecho de creer que la capacidad para ser un buen jefe residía en la propia carne del mismo, bien pudo influir en el hecho de que, al ser conscientes los hombres de quién eran los hijos que traían al mundo sus mujeres, creyeran que éstos también podían tener en sus genes la misma capacidad de sus padres.

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