jueves, 10 de marzo de 2011

La dominación política VI


Pero la integración de los plebeyos fue muy lenta, nada que ver con el ritmo de la Atenas casi contemporánea hasta el punto que cuando, a finales del siglo II, Mario se presentó a la elección como cónsul, tuvo una agria disputa, según cuenta Salustio, con su jefe militar, Metelo, éste, patricio, aquél plebeyo aunque, eso sí, consiguió el consulado no sólo ésa sino también cinco veces más siendo el comienzo de la caída de las estructuras republicanas. Además, los hombres que accedían a las magistraturas eran todos ellos hombres ricos pues en Roma nunca se pagó por ejercer cargos públicos y, como en la primitiva Atenas, el ser nombrado para ellos conllevaba una serie de gastos muy cuantiosos si bien todos esperaban, al menos en los últimos siglos de la República y durante todo el Imperio, recuperarse con creces de los mismos cuando, al terminar el cursus honorum (es decir, la escala total de las magistraturas o una parte importante de la misma que, según las leyes, debían efectuarse a unas edades mínimas, así, nadie podía llegar al consulado, última magistratura, antes de los cuarenta y cinco años al menos teóricamente, la realidad marcó otras pautas en determinadas épocas) o una parte considerable del mismo, fuesen enviados a las provincias en calidad de gobernadores u otras prefecturas no menos codiciadas. Incluso el mismo disfrute del cargo daba para tantas, al menos, corrupciones como en la actualidad si no más en una época en la cual la libertad de prensa no se parecía a la actual. Debido a estas circunstancias “las viejas familias patricias y las nuevas plebeyas se fundieron sustancialmente durante el siglo III a.C. En una 'aristocracia senatorial', o sea, una élite, que proporcionaba los más altos magistrados y que ingresaba, por tanto, en el Senado”[1] y es que los intereses de la clase alta plebeya eran mucho más coincidentes con los de los patricios que con el de los propios plebeyos de ahí que la aristocracia fuera concediendo a la plebe los derechos políticos pero no los económicos, algo similar, salvando las distancias de todo tipo, a lo que sucedía en Europa durante el siglo XIX, luego que los burgueses hubieran logrado hacerse con ciertas libertades socio-polítco-económicas. Debido a este estado de cosas y a las interminables guerras contra los cartagineses que convirtieron al antiguo campesino propietario en un campesino sin tierra debido al fuerte endeudamiento al cual se habían visto sometidos, estalló de nuevo el descontento entre las masas, un descontento más de tipo económico y que fue capitaneado por los Graco en busca del reparto de tierras dentro de la propia Italia debido a que los latifundistas se habían apropiado indebidamente del llamado ager publicus o tierras del estado, e incluso con la fundación de nuevas colonias pero el asesinato, con diez años de diferencia, de ambos hermanos (Tiberio y Cayo) terminó con el problema al menos aparentemente pues éstos, que quisieron conducirlo de forma constitucional, dieron paso a los graves sucesos que se dan en Italia a partir de Cayo Mario. Éste fue la primera persona que conformó un ejército profesional, es decir, los militares se enganchaban a cambio de una paga con lo cual ya no pasaron a depender, paradójicamente, del estado, sino del general que era quien, una vez terminados los veinte años de servicio, se ocupaba de repartirles las tierras y también quien, mientras duraron las guerras ofensivas, les procuró muy sustanciosos botines. A partir de aquí, el sistema de dominación política de los senatoriales, pasó a convertirse en militar si bien éste no estuvo siempre al lado de la clase dominante quizá porque, para mantenerse, a pesar de todo, necesitaba del apoyo popular y populares era el nuevo nombre de la plebe o bien de quienes la defendían, entre ellos, Mario quien intentó hacer una especie de dictadura dominando el consulado a través del ejército y sus victorias sucesivas sobre Yugurta (un caudillo del norte de África que había puesto en serios apuros a las legiones durante algunos años), los cimbrios y los teutones que le valieron un gran apoyo popular pero Mario carecía de un programa político concreto no tardando en pasar de la demagogia a los excesos más desenfrenados para eliminar a sus enemigos políticos, especialmente a aquéllos a quienes podía confiscarles buenos lotes de tierras para repartirlos entre sus legionarios y amigos políticos aparte, claro está, lo que él se quedó que no fue la parte más pequeña. Ante esta situación de dictadura militar, respondió Sila con sus propias legiones. Este general, aristócrata de pura cepa, había ayudado a Mario en la captura de Yugurta y luego había derrotado a Mitrídates, rey del Ponto, uno de los pocos restos helenísticos que aún se mantenían fuera del imperio romano. De esta campaña venía cuando se impuso a los partidarios de Mario (éste ya había muerto) instaurando una dictadura atípica en muchos sentidos aunque, eso sí, no se privó de las proscripciones y matanzas de los populares pero, luego de dos años en los cuales adoptó una serie de medidas por las cuales se volvía a la época anterior a los Graco y en los cuales el Senado volvía a tener la preeminencia anterior, quizá previendo lo que iba a suceder, se retiró a sus posesiones donde no tardó en fallecer. Pero el sistema republicano estaba herido de muerte. Las contradicciones se habían ido acumulando en su seno. Su misma expansión había contribuido a exacerbarlas creando hondas diferencias de clase y, aunque algunos políticos querían volver al antiguo orden o, mejor, mantener el que Sila había adoptado, esto se desvelaba imposible: siempre que, en la historia, se ha dado un paso adelante, la reacción nunca ha conseguido devolverla a las posiciones anteriores al menos de forma permanente el mismo

Cicerón pensó que todos los problemas políticos de Roma podían resolverse con sólo que pudiera convencer a la aristocracia senatorial de Roma y a la clase de los caballeros, que representaban la extensa clase media italiana, para que colaboraran juntos en el gobierno. Su programa consistía en confiar el gobierno al Senado, pero a un senado que no se limitara a ser órgano de una pequeña clase privilegiada, sino que representara a la comunidad entera. La realización del ideal político ciceroniano de una concordia ordinum (concordia de las clases [de los órdenes, para ser más preciso a la vez que literal, entre los romanos no cabe hablar de clases stricto sensu]) tenía escasas posibilidades de éxito en un mundo en que se movían hombres tan poderosos y ambiciosos como Pompeyo y César[2]

pero no debemos olvidar que ambos procedían de familias con un rancio [por viejo] abolengo aristocrático pero, como bien ha señalado Carson, ambiciosos y, en aquel entonces, quien quería llegar tan alto como pretendía ellos (a quienes hay que unir a Craso) debían unirse a los populares pues, como nos dice Sainte-Croix, […] en vez de trabajar por conseguir unas reformas constitucionales radicales, las clases bajas romanas solieron buscar y poner toda su confianza en líderes que creían que estaban, por así decir,

de su parte [...] y que intentarían ponerlos en situaciones de poder. Una explicación de este fallo, creo yo, habría sido que en Roma existía, adoptando toda una serie de formas insidiosas, la institución del patronazgo y la clientela, de la que se vio libre, al parecer, la mayoría de las ciudades griegas (especialmente Atenas) [...][3]

Es decir, fueron a por lana y se encontraron trasquilados por cuanto sus motivaciones, contradiciendo a nuestro autor, no eran en modo alguno políticas sino económicas y, como siempre que esto ha sucedido, normalmente se han quedado sin una ni otras, sí, se consiguen ciertas mejoras en ocasiones pero, casi siempre, a cambio de algo sin embargo no hay nada tan eficaz para amedrentar a las clases posesoras como la simple sospecha de un cambio de régimen. En un principio reaccionan violentamente, como sucedió en Grecia, pero, cuando ven que el asunto va en serio, no tardan en amoldarse a las circunstancias por esa ley ya mencionada antes según la cual la historia nunca retrocede tanto como ha avanzado en un momento dado (si bien, desde la caída del Muro de Berlín, me temo que esta ley puede tener sus excepciones). La situación romana puede entenderse perfectamente para quien tenga una somera idea de lo que sucede en Estados Unidos (también en el resto de los países occidentales si bien de forma menos ostensible) donde una oligarquía financiera se mantiene en el poder de forma perenne aunque, eso sí, concediendo de vez en cuando algo a los no posesores.

[1] STARR, Chester G.: Historia del Mundo Antiguo. Tr. ed. ing. 1965: E. Benítez. Akal. Madrid, 1974, p. 519

[2] CARSON: GRANT, Michel (ed.): Historia de las civilizaciones vol. 3 Grecia y Roma Tr. ed. ing 1964: Arribas, Borrás, Pericay, Trías y Valentí. Labor/Alianza (Barcelona/Madrid, 1988), pp. 345-346

[3] SAINTE CROIX, Geoffrey E. M. de: La lucha de clases en el mundo griego antiguo. Tr. ed. ing. 1981: T. de Lozoya. Crítica. Barcelona, 1988, p. 398

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