lunes, 28 de marzo de 2011

La dominación política VII


Con la llegada del llamado primer triunvirato (César, Pompeyo y Craso), la República deja de existir como tal sistema. Entre los tres se reparten el consulado, los proconsulados y hasta el propio imperio, aún no denominado tal, y, cuando no son ellos, son sus amigos y subordinados quienes ocupan los puestos decisorios. Algunas voces se levantan contra este estado de cosas pero están unidos el poder militar (Pompeyo y, luego, César), económico (Craso y también Pompeyo) y popular (César y Craso), sólo los partidarios del poder senatorial se opusieron a este reparto pero sin mucho entusiasmo por cuanto sus privilegios no estaban en peligro ya que tanto Pompeyo como Craso pertenecían a la gran oligarquía financiera y César, perteneciente a una de las familias con más solera de Roma, también quería equipararse a sus socios pero no tardaron en surgir las discrepancias entre los dos hombres más ambiciosos del grupo aunque, mientras vivió Craso, se pudo salvar la unidad a la vez que ambos afilaban sus armas: César haciéndose un nombre como militar en las Galias y Pompeyo acercándose a las filas senatoriales que tantos desprecios le habían hecho cuando era un gran general respetuoso, más o menos, de las instituciones. Táctica errada pues, mientras César se hacía con el auténtico poder entonces existente, Pompeyo volvía su mirada a un pasado caduco sin ninguna fuerza en el panorama de la Roma republicana que se estaba haciendo imperial. Julio César, tras su victoria sobre Pompeyo y sus partidarios, no pudo llegar a instaurar un auténtico principado por cuanto Bruto, Casio y demás conspiradores terminaron con su vida queriendo resucitar a un muerto pues, poco después, Marco Antonio, lugarteniente de César, Octaviano, su sobrino y heredero, y Lépido, en realidad, un comparsa para formar el mágico número tres, volvieron a formar un triunvirato (más cabría hablar de duumvirato) con el beneplácito ya del Senado pero Marco Antonio, tras la derrota de los asesinos de César y luego de varias disputas con su cotriunviro, se fue al Oriente mientras Octaviano (luego, Octavio y, más tarde, Augusto) se quedaba en Roma.

Éste era un hombre bastante joven y el Senado creía que podría dominarlo debido a su inexperiencia pero una de sus mayores cualidades residió en saber rodearse de buenos colaboradores como Agripa, Mecenas y su propia esposa, Livia, quienes consiguieron todo tipo de ventajas por parte del Senado para hacerle la guerra a Antonio quien había cometido la torpeza, primero, de alejarse de Roma cuando no le hacía ninguna falta, y, más tarde, incurriendo en el más terrible de los pecados para elSenatus PopulusQue Romani (nótese que, en esta divisa, Senado y Pueblo van por caminos diferentes, el primero no formaba parte del segundo como ha sucedido a lo largo de toda la historia, en realidad, a pesar de los muchos demagogos actuales): intentar ser rey, el mismo delito que, sólo como presunción, le costó la vida a César aunque éste lo era de un reino en teoría independiente y que, a raíz de esta guerra, dejaría de serlo: el milenario Egipto. Con una nueva muerte más ésta vez por suicidio, Octavio queda como dueño casi absoluto de todo el imperio... bueno, quedaba Lépido pero ni siquiera se molestó en terminar con este sujeto e incluso le nombró pontífice máximo, un título poco más que honorífico, pero le retiró las provincias africanas que le habían tocado en el reparto para hacer un triunvirato. Las siguientes ocupaciones de Octavio fueron delimitar de una vez por todas las fronteras del Imperio y devolver todos sus privilegios económicos a las clases senatoriales así como, nominalmente, los políticos por cuanto, a pesar de sus numerosas reelecciones como cónsul, su triunvirato vitalicio y alguna que otra magistratura como la censura que permitía establecer las clasificaciones sociales, se contentó con ser el princeps, es decir, el primero en el Senado: era él quien, a la hora de adoptar una decisión, primero daba su opinión y, como es lógico, la mayoría de los padres de la patria le seguían. Incluso al final de su vida dejó a un lado todas las magistraturas excepto ese puesto que, en teoría, era sólo honorífico y del cual salió el nombre del régimen: principado.

Resumiendo la política octaviana, se pueden citar las siguientes frases de Starr: “Su política se orientó cada vez más a la clase conservadora, y sobre todo, a la sólida clase dirigente itálica”aunque nunca se dirigió hacia la popular.


Tras su muerte, en teoría, no existía un heredero y sus poderes deberían haber vuelto al Senado pero éste no era lo que había sido, le faltaba poder de decisión y ya había Augusto colocado a Tiberio en una posición lo suficientemente sólida como para no temer por su futuro y así fue asumiendo paulatina y alternativamente los diversos cargos que había ostentado su padre adoptivo si bien fue acentuando los caracteres autoritarios del sistema apoyado, cada vez más, en la guardia pretoriana que, durante las primeras décadas, sería quien pusiera y depusiera emperadores a su antojo. De esta forma, se sucedieron Calígula, Claudio y Nerón pero, a partir de su asesinato (cosa bastante corriente en esta época tanto entre los posibles aspirantes como en los ya consagrados: sólo Augusto había muerto en su cama) el ejército empezó a pensar que también podía elegir a su emperador y, dicho y hecho, durante los años 67, 68 y 69 de nuestra era, se sucedieron los emperadores a un ritmo vertiginoso hasta el punto que esta crisis

[...] había tenido la gran virtud de revelar a los habitantes del mundo romano dos hechos de importancia capital: por un lado, que el gobierno del Imperio no estaba reservado permanentemente a los miembros de la aristocracia romana y, por otro, que, según la acertada frase del historiador Tácito, “un emperador podía ser nombrado en otro lugar además de Roma”. Con la ascensión de la dinastía Flavia la burguesía de Italia llega al poder del Imperio y, tras la muerte de Domiciano, con la entrada de otra nueva dinastía (en la que el sistema de adopción prevaleció, con excepción del último de sus miembros) se va a dar un paso más en el proceso, ya que con los Antoninos el poder pasará a manos del elemento más desarrollado de las provincias“

Pero, como ya he dicho con anterioridad, Augusto fijó de forma casi perenne (hubo algunos ligeros cambios) las fronteras del Imperio y éste, que hasta entonces había obtenido sus mayores ingresos del botín de guerra, comenzó a decaer a la vez que la inmovilización de las legiones y su creciente número les hizo entrar un cosquilleo por la política interna intentando, con continuas sublevaciones, derribar al emperador de turno hasta el punto que, en numerosas ocasiones, desguarnecieron las extensas fronteras para hacer lo mismo que Mussolini casi dos milenios después: marchar hacia Roma aunque desde una distancia considerablemente mayor y a pie.


Pero el imperio ya no era lo que había sido y la importancia de Roma no dejaba de decrecer. Adriano pasó la mayor parte de su reinado viajando por sus extensos dominios mientras Diocleciano apenas sí la pisó pero ello no bastaba para que allí se siguiera acumulando la riqueza y el pueblo era sometido con la conocida fórmula panem et circensis, o lo que es lo mismo,bienestar y televisión. Ciertamente lo que, cuando escribí en el primer borrador hace ya bastantes años, se consideraba como bienestar es lo que denominamos en la actualidad mera supervivencia pero ésa es la mejor manera que conozco para traducir la consigna romana a parámetros actuales. Pero eso sólo a la plebe romana y, más tarde, a la constantinopolitana por cuanto se juzgaba que la opinión de éstas podía hacer peligrar el régimen mientras que en las colonias se utilizaban las legiones para ahogar cualquier intento de protesta como fueron las bagaudas hispano-galas o bien las intenciones separatistas de otras. El Imperio se iba desintegrando y Diocleciano, consciente de ello, lo dividió en dos partes con sus respectivos augustos quienes, a su vez, compartieron el poder con dos césares pero era un sistema muy complicado y, sobre todo, frágil teniendo en cuenta las múltiples apetencias de poder absoluto y el hecho que implicaba que, a los veinte años de reinado, el augusto en cuestión debía dimitir. Constantino el Grande fue el encargado de reunificarlo tras sangrientas guerras y encontrar un inesperado aliado: el cristianismo pero esta reunificación no duró mucho y, a finales del siglo IV, Teodosio dividió, ya definitivamente, el imperio en dos partes. La occidental apenas tardó medio siglo en caer en el empuje bárbaro, si bien los romanos apenas sí se enteraron quizá porque no había un emperador que se lo comunicase o bien porque no era ésa la intención de los invasores, mientras la oriental aún consiguió aguantar múltiples embestidas durante un milenio pero esta parte del mundo no nos interesa por ahora. Volvamos a la parte occidental.

STARR, Chester G.: Historia del Mundo Antiguo. Tr. ed. ing. 1965: E. Benítez. Akal. Madrid, 1974, p. 601

CASTILLO, Arcadio del: “El Imperio Romano de Tiberio a Vespasiano (14-69 d. de C) en MORETÓN ABAD, Carlos y SANZ APARICIO, Ángela Mª (Dirs.): Gran Historia Universal. Vol 10 El Imperio Romano. Club Internacional del Libro. Madrid, 1986 p. 10

En realidad, en la época que estoy tratando, ya todo el imperio estaba sometido a las mismas reglas y buena prueba de ellos son los abundantes anfiteatros y circos que se esparcen a lo largo de toda la geografía imperial. Cuando redacté los anteriores párrafos eran otros tiempos.

jueves, 10 de marzo de 2011

La dominación política VI


Pero la integración de los plebeyos fue muy lenta, nada que ver con el ritmo de la Atenas casi contemporánea hasta el punto que cuando, a finales del siglo II, Mario se presentó a la elección como cónsul, tuvo una agria disputa, según cuenta Salustio, con su jefe militar, Metelo, éste, patricio, aquél plebeyo aunque, eso sí, consiguió el consulado no sólo ésa sino también cinco veces más siendo el comienzo de la caída de las estructuras republicanas. Además, los hombres que accedían a las magistraturas eran todos ellos hombres ricos pues en Roma nunca se pagó por ejercer cargos públicos y, como en la primitiva Atenas, el ser nombrado para ellos conllevaba una serie de gastos muy cuantiosos si bien todos esperaban, al menos en los últimos siglos de la República y durante todo el Imperio, recuperarse con creces de los mismos cuando, al terminar el cursus honorum (es decir, la escala total de las magistraturas o una parte importante de la misma que, según las leyes, debían efectuarse a unas edades mínimas, así, nadie podía llegar al consulado, última magistratura, antes de los cuarenta y cinco años al menos teóricamente, la realidad marcó otras pautas en determinadas épocas) o una parte considerable del mismo, fuesen enviados a las provincias en calidad de gobernadores u otras prefecturas no menos codiciadas. Incluso el mismo disfrute del cargo daba para tantas, al menos, corrupciones como en la actualidad si no más en una época en la cual la libertad de prensa no se parecía a la actual. Debido a estas circunstancias “las viejas familias patricias y las nuevas plebeyas se fundieron sustancialmente durante el siglo III a.C. En una 'aristocracia senatorial', o sea, una élite, que proporcionaba los más altos magistrados y que ingresaba, por tanto, en el Senado”[1] y es que los intereses de la clase alta plebeya eran mucho más coincidentes con los de los patricios que con el de los propios plebeyos de ahí que la aristocracia fuera concediendo a la plebe los derechos políticos pero no los económicos, algo similar, salvando las distancias de todo tipo, a lo que sucedía en Europa durante el siglo XIX, luego que los burgueses hubieran logrado hacerse con ciertas libertades socio-polítco-económicas. Debido a este estado de cosas y a las interminables guerras contra los cartagineses que convirtieron al antiguo campesino propietario en un campesino sin tierra debido al fuerte endeudamiento al cual se habían visto sometidos, estalló de nuevo el descontento entre las masas, un descontento más de tipo económico y que fue capitaneado por los Graco en busca del reparto de tierras dentro de la propia Italia debido a que los latifundistas se habían apropiado indebidamente del llamado ager publicus o tierras del estado, e incluso con la fundación de nuevas colonias pero el asesinato, con diez años de diferencia, de ambos hermanos (Tiberio y Cayo) terminó con el problema al menos aparentemente pues éstos, que quisieron conducirlo de forma constitucional, dieron paso a los graves sucesos que se dan en Italia a partir de Cayo Mario. Éste fue la primera persona que conformó un ejército profesional, es decir, los militares se enganchaban a cambio de una paga con lo cual ya no pasaron a depender, paradójicamente, del estado, sino del general que era quien, una vez terminados los veinte años de servicio, se ocupaba de repartirles las tierras y también quien, mientras duraron las guerras ofensivas, les procuró muy sustanciosos botines. A partir de aquí, el sistema de dominación política de los senatoriales, pasó a convertirse en militar si bien éste no estuvo siempre al lado de la clase dominante quizá porque, para mantenerse, a pesar de todo, necesitaba del apoyo popular y populares era el nuevo nombre de la plebe o bien de quienes la defendían, entre ellos, Mario quien intentó hacer una especie de dictadura dominando el consulado a través del ejército y sus victorias sucesivas sobre Yugurta (un caudillo del norte de África que había puesto en serios apuros a las legiones durante algunos años), los cimbrios y los teutones que le valieron un gran apoyo popular pero Mario carecía de un programa político concreto no tardando en pasar de la demagogia a los excesos más desenfrenados para eliminar a sus enemigos políticos, especialmente a aquéllos a quienes podía confiscarles buenos lotes de tierras para repartirlos entre sus legionarios y amigos políticos aparte, claro está, lo que él se quedó que no fue la parte más pequeña. Ante esta situación de dictadura militar, respondió Sila con sus propias legiones. Este general, aristócrata de pura cepa, había ayudado a Mario en la captura de Yugurta y luego había derrotado a Mitrídates, rey del Ponto, uno de los pocos restos helenísticos que aún se mantenían fuera del imperio romano. De esta campaña venía cuando se impuso a los partidarios de Mario (éste ya había muerto) instaurando una dictadura atípica en muchos sentidos aunque, eso sí, no se privó de las proscripciones y matanzas de los populares pero, luego de dos años en los cuales adoptó una serie de medidas por las cuales se volvía a la época anterior a los Graco y en los cuales el Senado volvía a tener la preeminencia anterior, quizá previendo lo que iba a suceder, se retiró a sus posesiones donde no tardó en fallecer. Pero el sistema republicano estaba herido de muerte. Las contradicciones se habían ido acumulando en su seno. Su misma expansión había contribuido a exacerbarlas creando hondas diferencias de clase y, aunque algunos políticos querían volver al antiguo orden o, mejor, mantener el que Sila había adoptado, esto se desvelaba imposible: siempre que, en la historia, se ha dado un paso adelante, la reacción nunca ha conseguido devolverla a las posiciones anteriores al menos de forma permanente el mismo

Cicerón pensó que todos los problemas políticos de Roma podían resolverse con sólo que pudiera convencer a la aristocracia senatorial de Roma y a la clase de los caballeros, que representaban la extensa clase media italiana, para que colaboraran juntos en el gobierno. Su programa consistía en confiar el gobierno al Senado, pero a un senado que no se limitara a ser órgano de una pequeña clase privilegiada, sino que representara a la comunidad entera. La realización del ideal político ciceroniano de una concordia ordinum (concordia de las clases [de los órdenes, para ser más preciso a la vez que literal, entre los romanos no cabe hablar de clases stricto sensu]) tenía escasas posibilidades de éxito en un mundo en que se movían hombres tan poderosos y ambiciosos como Pompeyo y César[2]

pero no debemos olvidar que ambos procedían de familias con un rancio [por viejo] abolengo aristocrático pero, como bien ha señalado Carson, ambiciosos y, en aquel entonces, quien quería llegar tan alto como pretendía ellos (a quienes hay que unir a Craso) debían unirse a los populares pues, como nos dice Sainte-Croix, […] en vez de trabajar por conseguir unas reformas constitucionales radicales, las clases bajas romanas solieron buscar y poner toda su confianza en líderes que creían que estaban, por así decir,

de su parte [...] y que intentarían ponerlos en situaciones de poder. Una explicación de este fallo, creo yo, habría sido que en Roma existía, adoptando toda una serie de formas insidiosas, la institución del patronazgo y la clientela, de la que se vio libre, al parecer, la mayoría de las ciudades griegas (especialmente Atenas) [...][3]

Es decir, fueron a por lana y se encontraron trasquilados por cuanto sus motivaciones, contradiciendo a nuestro autor, no eran en modo alguno políticas sino económicas y, como siempre que esto ha sucedido, normalmente se han quedado sin una ni otras, sí, se consiguen ciertas mejoras en ocasiones pero, casi siempre, a cambio de algo sin embargo no hay nada tan eficaz para amedrentar a las clases posesoras como la simple sospecha de un cambio de régimen. En un principio reaccionan violentamente, como sucedió en Grecia, pero, cuando ven que el asunto va en serio, no tardan en amoldarse a las circunstancias por esa ley ya mencionada antes según la cual la historia nunca retrocede tanto como ha avanzado en un momento dado (si bien, desde la caída del Muro de Berlín, me temo que esta ley puede tener sus excepciones). La situación romana puede entenderse perfectamente para quien tenga una somera idea de lo que sucede en Estados Unidos (también en el resto de los países occidentales si bien de forma menos ostensible) donde una oligarquía financiera se mantiene en el poder de forma perenne aunque, eso sí, concediendo de vez en cuando algo a los no posesores.

[1] STARR, Chester G.: Historia del Mundo Antiguo. Tr. ed. ing. 1965: E. Benítez. Akal. Madrid, 1974, p. 519

[2] CARSON: GRANT, Michel (ed.): Historia de las civilizaciones vol. 3 Grecia y Roma Tr. ed. ing 1964: Arribas, Borrás, Pericay, Trías y Valentí. Labor/Alianza (Barcelona/Madrid, 1988), pp. 345-346

[3] SAINTE CROIX, Geoffrey E. M. de: La lucha de clases en el mundo griego antiguo. Tr. ed. ing. 1981: T. de Lozoya. Crítica. Barcelona, 1988, p. 398