domingo, 22 de mayo de 2011

El revisionismo de "Democracia Real Ya"

Hay personas exageradas en todos los aspectos de la vida en ocasiones por interés, otras por ceguera y otras porque ven lo que querían que fuera.

Sobre las múltiples acampadas que existen por toda España –este mediodía oí en la radio que ya eran setenta- se ha llegado a decir que son una revolución… Y no ya en los sectores derechistas que, a la postre, para éstos cualquier manifestación que no sea propia es el comienzo de la Revolución Bolchevique, sino entre personas de izquierdas para quienes este concepto debería estar bastante más claro.

Una revolución requiere entre sus fines un cambio de sistema y, que yo sepa, en ningún momento alguien ha dicho que se quiera cambiar el actual sistema. No, lo que hay es un movimiento de gente cabreada con el actual rumbo del sistema y quiere que vuelva al que tenía hace unos años. Bien se podría catalogar a este movimiento de conservador o, todo lo más, revisionista. En realidad lo que se pretende es volver atrás en el tiempo a un Estado de Bienestar que, en realidad, mientras duró, sirvió para adormecer a las clases trabajadoras y hacerlas creer que vivían en el mejor de los mundo posibles aun cuando, como escribí ayer, se redujera el salario real de los trabajadores y sólo la incorporación paulatina de la mujer al mundo del trabajo ha hecho que las familias no sólo no notaran esta disminución sino que, incluso, creyeran vivir en el mejor de los mundos posibles.

Ahora bien, lo que no queremos comprender es qué ha supuesto eso para la crianza de los hijos, hijos que, en su mayor parte, han debido ser criados por sus abuelos por cuanto el estado del bienestar español nunca se ha preocupado por este tema. Niños que se han criado, en ocasiones, sin siquiera esos abuelos, en guarderías quienes tenían posibilidad de ello y, luego, pasando muchas horas solos en casa ante el televisor.

Que nadie vaya a decir ahora que soy machista y que propongo la vuelta al hogar de las mujeres. Nada de eso. Lo que propongo son salarios aceptables y que uno de los cónyuges quede al cargo de los hijos. Una guardería no es el lugar más adecuado para los hijos y, aunque los abuelos pongan toda su voluntad, no están en edad de educar nuevamente a niños. Y sé bien lo que me digo por cuando, una vez nacida mi segundo hijo –una niña en este caso-, yo me quedé en paro y, algún tiempo después, mi mujer encontró empleo. Decidimos que, mientras crecía, yo sería quien se quedara en casa… luego vino un tercero y, desde entonces, he sido quien ha estado a su cargo. Mis hijos se han criado siempre con uno de los padres a su cargo y, en la mayor parte del tiempo, con el padre… claro que ello ha conllevado más de uno y de dos sacrificios en el orden económico pero ninguno de nosotros se vio en la precisión de, al estar con ellos, darles todos los caprichos posibles por ese comprensible complejo de culpabilidad que sume a los padres cuando no están el tiempo suficiente con sus vástagos.

Los hijos necesitan a los padres pero a la sociedad no le interesa en absoluto cómo se críen esos niños, además, caso de no hacerlo en las debidas condiciones, siempre podrá echarle la culpa a los jóvenes de lo mal que está la sociedad y hablar con total desparpajo de la generación NI-NI.

Claro que recuperar lo que se ha perdido en los últimos años es algo loable pero eso es algo muy difícil. La UE ha echado la bronca a España por no controlar los sueldos astronómicos de los banqueros nacionales pero esas medidas se han adoptado porque ahora está de moda –ý con toda justicia, por una vez- el atacar a los banqueros pero, en cambio, no he oído en absoluto nada de los salarios del resto de los altos ejecutivos… ¿qué pasa con esa sociedad que quiere repartir 460 millones de euros entre sus directivos a la vez que pretende despedir a casi seis mil trabajadores? ¿Por qué no se debe controlar también el sueldo de los altos ejecutivos de todas las empresas? ¿Es que unos son mejores que otros? No me lo parece así, todos han jugado en Bolsa de la misma forma y hasta puede decirse que Botín ya se ha controlado él mismo su propio salario por cuanto, oficialmente, gana tres veces menos que su número dos, Alfredo Sáez, algo nunca visto y que, no os preocupéis, yo tampoco me lo creo como tampoco creo que el presidente de la decimotercera empresa más grande de este mundo vaya perdiendo puestos en el ranking de los millonarios tanto de este país como del mundo.

Analizando las propuestas de “Democracia Real Ya ” se puede ver que sólo en el punto 3, el que trata del “derecho a la vivienda”, habla de un aspecto que, siempre y cómo se tome, puede ser considerado como revolucionario cuando dice: “Expropiación por el Estado de las viviendas construidas en stock que no se han vendido para colocarlas en el mercado en régimen de alquiler protegido”. Y digo según cómo se tome por cuanto deberían aclarar si esa expropiación se haría con indemnización o sin ella y, en caso de que sí, cuál sería la indemnización a aplicar pues bien podría darse el caso de que las inmobiliarias y los bancos se frotasen las manos si la indemnización propuesta lo es a su precio de antes de la crisis o, incluso, al precio actual de mercado.

Más interesante sería, y eso sin salir del mismo enfoque revisionista, el que, en lugar de dar dinero a los bancos para salir de la crisis, se les diera a las personas que están a punto de perder o que han perdido su vivienda en las mismas o incluso mejores condiciones de las que se les está `prestando a los bancos, para que pudieran hacer frente a los pagos de las hipotecas con lo cual se matarían dos pájaros de un tiro con la misma cantidad de dinero. La gente se quedaría con sus casas y los bancos recuperarían el dinero de las hipotecas.

No, no hay nada de revolucionario en las propuestas de DRY. Quizás, para seguir a Mayor Zaragoza, se pueda decir aquello que “la diferencia entre evolución y revolución es la “r” de responsabilidad” pero no recuerdo ningún momento en la historia en que se hayan logrado avances importantes sin una revolución por muy irresponsable que fuera. La Revolución francesa empezó, en líneas generales, como todo este movimiento: un cabreo considerable del Tercer Estado e, incluso de la nobleza –éstos por otras circunstancias-, que pretendía volver al antiguo status quo en los cuales el Tercer Estado –en realidad, la alta burguesía- volviera a participar en el gobierno y todos ellos contra los abusivos impuestos provocados por las constantes guerras y las inmensas cantidades dadas a los nobles por unos u otros conceptos dado que ellos nunca tenían suficiente con sus propios ingresos para mantener aquellos costosos niveles de vida… ¿Suena eso a algo?

Pues que se vayan aplicando el cuento por si se pasa de un intento de restaurar un orden de cosas que fácilmente podrían haber firmado estadistas tan pocos sospechosos de izquierdismo como Konrad Adenauer, Charles de Gaulle o Edward Heath.

jueves, 19 de mayo de 2011

¿Qué une a Zapatero y Pinochet?: Friedman


A día de hoy, todos los medios de comunicación traen en sus portadas el tema de la concentración pacífica de la Puerta del Sol. Las tertulias radiofónicas y televisivas están llenas de periodistas y comentaristas a quienes esta actitud de una parte de la ciudadanía española –no sólo jóvenes aunque sí mayoritariamente- ha cogido con el pie cambiado y son incapaces de comprender lo que se esconde detrás de esa enorme cantidad de nombres con los que se les conoce. Han creído que ha nacido como las setas y, aunque hasta cierto punto tengan razón, deben saber que para que nazcan las setas se necesitan las esporas –o como quieran reproducirse las setas- y una tierra y unas condiciones atmosféricas dadas. Es decir, tras las setas hay una amplia preparación. Tras el movimiento que, para no entrar en más detalles, voy a denominar “Democracia Real Ya” y, para abreviar, DRY, ha existido una muy larga preparación. Llevo bastante tiempo siguiendo tanto en las redes sociales –especialmente Twitter- y en multitud de blogs y foros la incredulidad de tantas personas ante la pasiva actitud de la ciudadanía española ante la que nos está cayendo desde hace cuatro años.

Ciertamente la posición de España no es la misma que la de los países del Norte de África o del Medio Oriente, aún las familias pueden ayudar a los hijos al menos aquéllas en las cuales trabajan los padres pero esta situación cada vez se hace más insostenible máxime cuando el paro, aunque sea mucho más preocupante entre los jóvenes, también está alcanzando las personas de edad media y a quienes están ya cercanos a la jubilación, una jubilación que, en muchos casos, será bastante inferior a lo que están ganando ahora pues no debemos olvidar que a muchas de esas personas –entre ellas a quien esto escribe- les ha tocado vivir todas las crisis habidas y por haber desde 1973 para acá con muchos años de no haber cotizado a la Seguridad Social entre medias porque, quieran dar a entender lo que quieran, ésta no es la primera crisis que se vive. Aquella primera de 1973 enseñó a los dirigentes económicos del mundo occidental cómo debían actuar para actuar: Cada una de ellas ha marcado un hito en la disminución de los derechos sociales y económicos de los trabajadores como si ellos fueran los culpables de las numerosas crisis. En todas ellas se ha dicho que la causa de la crisis en el fondo era que se había vivido por encima de nuestras posibilidades –los trabajadores, claro, las grandes fortunas no que ellas tienen suficientes ingresos como para no entramparse- y que entonces lo deberíamos pagar.

Y si fue entonces cuando supieron qué hacer con las democracias occidentales –en España, como es sabido, tal sistema nos llegó después de iniciada la crisis en un momento en que la derecha extrema hablaba de la “tradicional amistad hispano-árabe”-, ya antes sabían qué hacer con los países en vías de crecimiento como, por ejemplo, en Indonesia o Chile y, en general, en todo el Cono Sur y otros países del mundo.


Ha sido leyendo La doctrina del Shock de Naomi Klein que he empezado a atar muchos cabos. En efecto, conocía en parte la política económica de Pinochet y los Chicago Boys –discípulos de Milton Friedman- habían llevado a cabo en aquel país pero, al tener demasiadas cosas en la cabeza, en ocasiones se pierde de vista el conjunto para detenerse en los aspectos parciales. Este libro, escrito antes del inicio de la actual crisis, en cambio, me ha hecho comparar la situación vivida por los chilenos hace casi cuatro décadas con la que vivimos los españoles… ¡y no he encontrado apenas diferencias! Eso sí, podemos seguir eligiendo a nuestros dictadores cada cuatro años, existe una cierta libertad para que los empresarios de los medios de comunicación elijan qué deben escribir sus asalariados y algunas pocas cosas más de las que carecieron los chilenos a partir de 1973 pero la política económica que se está imponiendo es la misma. Pinochet –como Franco en su día- dijo que era para luchar contra la “subversión marxista” cuando Allende, a pesar de su ideología socialista –nada que ver con la ideología de Zapatero, por cierto-, era un demócrata convencido… claro que eso pudo ser su peor enemigo porque como dijo creo que Chomsky, EEUU podía permitir –es un decir, acordémonos de Bahía Cochinos y todas las sanciones económicas caídas sobre la isla sin olvidar que fue precisamente a partir de este momento cuando Castro se declaró marxista- una dictadura comunista como la cubana pero no un sistema auténticamente socialista y demócrata.

Como iba diciendo –esta manía mía de irme por los Cerros de Úbeda-, los sistemas económicos de Pinochet y Zapatero son, en esencia, los mismo, la única diferencia estriba, por el momento, en la forma de imponerlos: privatización de todo lo privatizable, disminución drástica del gasto público muy especialmente en educación y sanidad ambas privatizadas aunque no en el ministerio de la guerra cuyo gasto se disparó, liberalización absoluta de los capitales extranjeros… y propios, disminución de los impuestos, casi desaparición de la clase media y reducción a la indigencia de una buena parte de los asalariados con índices de paro nunca conocidos en aquel país –aquí aún no hemos llegado al 24 % de la época de Felipe González pero sí hemos alcanzado una cifra récord de casi cinco millones- debido fundamentalmente a una fortísima inflación que, supuestamente, iba a eliminar la teología –no hay error, un sistema de creencias tiende a llamarse, sobre todo las propias, teología mientras que las de “los otros” son llamadas mitologías… quizás más apropiado para hablar de las doctrinas del gurú Friedman y sus acólitos- del neoliberalismo pero que, en el primer año de pinochetismo dobló con creces la más alta conseguida en tiempos de Allende y siendo así que la de éste fue en gran medida provocada por las sanciones encubiertas –y a veces a cara descubierta- de las grandes empresas estadounidenses.

Como es obvio, en aquellos años, las grandes fortunas chilenas se hicieron mucho más grandes, algo similar a lo que vemos que está sucediendo en Chile.

Porque dicen que hemos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades pero no dicen que, entre 1995 y 2005 según datos europeos, la media de los salarios reales en España cayó un 4 por ciento mientras los beneficios empresariales crecían un 73 % y siguen sin apenas comentar que, a pesar de que España es uno de los países con los salarios más bajos de Europa a pesar de tener una renta media al 94% de la europea a la vez que los altos ejecutivos son los que más ganan de toda Europa… y dicen que somos los trabajadores quienes estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades.

Hay que decir que la forma en que se está imponiendo en España la mitología neoliberal es menos traumática que en Chile pero mucho más eficaz por cuanto se trata de convencer a los trabajadores que deben ir renunciando a sus derechos, uno a uno, poco a poco… aunque en algunas comunidades, muy especialmente Madrid, este experimento se está llevando a un ritmo muy superior porque, si Zapatero es un acólito de Friedman, Aguirre parece una de sus sacerdotisas.

Y es contra este estado de cosas contra la que se está rebelando las personas que acampan en las plazas de las principales ciudades españoles, acampadas que se están extendiendo cada vez más y con cuyas reivindicaciones, obviamente, no puedo más que estar de acuerdo porque, a pesar de lo que digan tantos tertulianos, sí tienen un programa y, además muy claro como puede verse aquí .

Pero, a pesar de todo, creo que esto no debe ser sino un primer paso. Lo que falla en este mundo no es que la democracia burguesa esté mal diseñada, lo que falla es el sistema en sí, es decir, el capitalismo, un sistema que ha sabido mantenerse a la expectativa mientras les iban mal dadas a pesar de su gran crecimiento entre el final de la Segunda Guerra Mundial y la crisis de 1973, para, cuando ha visto la oportunidad, saltar a la yugular de los trabajadores y pasar de tener un gran crecimiento a unas ganancias fabulosas en el cual, por ejemplo, en Estados Unidos el 1 por ciento de la población ha pasado de tener el 9 % de la riqueza nacional, a tener el 23 % a la vez que el salario real de los estadounidenses bajaba alrededor del 10 % y eso antes del comienzo de la crisis.

Por todo ello cada vez estoy más seguro que debemos ir a un sistema socialista y democrático al estilo del defendido en su día por Allende, un sistema en el cual el capital sea –como pregona sin éxito nuestra Constitución- de carácter social y no al servicio de unas elites cada vez más minúsculas pero con mucho más poder.

viernes, 15 de abril de 2011

La dominación política IX

Los pueblos germanos se habían ido introduciendo, poco a poco, en el mundo romano principalmente como mercenarios para luchar contra otros pueblos germanos que pretendían hacerlo de forma más violenta. La verdad es que ninguno de ellos pretendía invadir el Imperio pero sí aprovecharse de sus riquezas o, incluso, de arrebatarle trozos de territorio pero las estructuras estaban muy débiles y los visigodos se pasearon por todo él sin apenas encontrar resistencia. Luego, las razzias de Atila pusieron de manifiesto que Roma ya no era capaz no sólo de defender sus colonias, algo que se sabía desde el “paseo” de Alarico, sino tan siquiera la propia ciudad. Los germanos fueron asentándose mediante pactos que reconocían la soberanía nominal del emperador de Roma pero, cuando los hérulos destronaron al último emperador, ésta desapareció y, si bien subsistió una especie de acatamiento al emperador que quedaba en Bizancio, era más una pura formalidad que otra cosa.

Los nuevos pueblos, en realidad, aportaron muy poco a las estructuras políticas existentes. Los reyes eran, en principio, electivos pero ellos pretendían imponer el principio hereditario con lo cual las luchas por el control del poder continuaron el ejemplo romano. Las grandes oligarquías continuaron si bien debieron dar una parte de sus latifundios a los nuevos llegados pero la convivencia, en líneas generales, fue buena. La institución del colonato se continuó fortaleciendo e, incluso, aparecieron nuevos vínculos procedentes de la, para los romanos, lejana Edad del Hierro céltica que, más tarde, todos unidos, darían lugar al feudalismo como era la clientela:

El cliente debía procurar ciertos servicios a su señor -entre ellos la asistencia militar- para recibir a cambio protección y ayuda material, sin perder su estatuto de hombre libre y su capacidad de poseer ganado o parcelas de tierra”.

En realidad, el feudalismo fue una especie de paso atrás en la cultura y la política comprensible por cuanto sólo era una pequeña minoría la que sustentaba ambas y, en el agitado mundo de esos siglos con continuas guerras y devastaciones, los diversos centros culturales fueron aislándose unos de otros y las pocas personas interesadas en ello volvieron cada vez más sus ojos hacia el pasado por cuanto no tenían con quién confrontar sus estudios excepto los clásicos. La Península Ibérica e Italia fueron los principales centros culturales latinos, allí donde permaneció la llama durante más tiempo pero las múltiples querellas internas impidieron que fructificara en un buen fuego.

Una característica de todo el Bajo Imperio -se da esta denominación a la época que empieza en Diocleciano y termina con la deposición de Rómulo Augusto, que vaya nombre le fueron a poner al pobre para dar fin al poderío romano- es la persistente disminución de los derechos de los simples ciudadanos. Caracalla, en la Constitutio Antoniniana,había concedido la ciudadanía romana a todos los habitantes libres del Imperio sin que los romanos protestaran por cuanto el ser ciudadano había dejado de constituir un privilegio. El Imperio, aparte de dividirse geográficamente, también lo hacía socialmente en dos castas: honestiores y humiliores de casi absoluta diferenciación. Una de las múltiples ventajas que esto suponía para los primeros es que no podían ser sometidos a tortura mientras los segundos, sí, en contra de toda una tradición por la cual los ciudadanos romanos tenían ciertas prerrogativas de orden penal como lo demuestra el caso de Pablo de Tarso. Pero ya no había ciudadanos y no ciudadanos, sino ricos y pobres por no hablar de los esclavos quienes, a pesar de todo, quizá debido a su poca abundancia en comparación con épocas anteriores, vieron cómo su situación de simples cosas se iba acercando, poco a poco, a la de las capas bajas de la población pero más porque éstas eran cada vez más bajas si bien los amos ya no tenían el antiguo derecho absoluto sobre la vida y la muerte de sus esclavos y éstos iban consiguiendo algunos otros derechos. También influyó en el cambio de su destino el hecho que se fue comprobando en la experiencia, que un esclavo era más útil para su dueño si éste le dejaba una parcela para que la trabajase a cambio de ciertos servicios y una parte considerable de la cosecha con lo cual, además el latifundista, no tenía que alimentarlo cuando no sirviese para trabajar bien por demasiado joven o demasiado viejo. Además, dado su estatuto, podían exigirle mucho más que a los simples colonos, aquellas personas libres que, o habían entregado sus tierras al latifundista del lugar para que éste les protegiera devolviéndoles a su vez la tierra en una especie de censo enfitéutico o bien el propio señor se las había dado él de sus propias tierras aunque con mayores obligaciones. Todos estos fenómenos dieron lugar a lo que, podremos llamar, feudalismo económico, es decir, ese feudalismo que dijeron destruir los hombres de la Revolución Francesa aunque en España aún se mantenga en muchas zonas del Sur y sea endémico en otras partes del mundo como América Latina.

Pero la situación entre los honestiores fue cambiando con el tiempo: las partes más poderosas de los mismos quisieron tener más privilegios que el resto y así siguió una ridícula clasificación entre vir claris, vir clarissimus o vir perfectissimus entre otras muchas pero que ocultaban irritantes privilegios para los más altos por cuanto, entre otras cosas, el mencionado empleo de la tortura se fue generalizando entre las clases menos altas de la sociedad si bien nunca llegó a las altas esferas como fueron los senadores e incluso se fueron dando normas para ver el grado de tortura que se debía aplicar a las personas subiendo éste a medida que se bajaba en la escala social hasta el punto que no era aceptado el testimonio de un esclavo si no se le había aplicado la tortura con anterioridad.

Muchos autores se han preguntado cuándo comenzó el feudalismo como si un sistema no impuesto mediante la violencia apareciera de pronto.

El feudalismo fue un proceso muy lento que puede rastrearse incluso antes de Diocleciano pero que se acelera con las medidas de este emperador tendentes a fijar a las personas y sus descendientes en un determinado oficio y, sobre todo, su vinculación a la tierra pero con la intención de servir a las ciudades pues éstas seguían siendo la base sobre la cual se sustentaba el Imperio hasta el punto que, según nos dice Ste. Croix;

En muchas ocasiones, en el período que va de mediados del siglo IV a mediados del VI, oímos hablar de que los campesinos acudían en tropel a la ciudad más cercana en épocas de hambre, con la intención de obtener algo que comer pues sólo allí podía conseguirse algo

claro que no siempre por cuanto

existen algunos ejemplos de que los graneros del estado se hallaban totalmente llenos, mientras que mucha gente se moría de hambre, como ocurrió en Roma durante el asedio a que la sometieron Totila y los ostrogodos en 546, cuando se generalizó el hambre en la ciudad. Las únicas provisiones, de grano en buena cantidad que había estaban en manos de Bersas, el jefe de los romanos, quien obtuvo muchas ganancias personales vendiéndoselo a los ricos al precio desorbitado de 7 sólidos el modio, mientras que, según se cuenta, primero los pobres y luego casi todo el mundo comían ortigas cocidas, o bien se morían de hambre, hasta que en diciembre de 546 Totila logró de pronto capturar la ciudad, apoderándose de las ganancias tan mal obtenidas por Bessas

Y es que las enseñanzas del cristianismo no habían sido asimiladas.

(1)FATÁS, MARCO Y BELTRÁN: Historias del Viejo Mundo, vol. 15: El ascenso de los bárbaros. Información y Revistas (Madrid, 1988), 75

(2)Aunque me pregunto a quién reclamarían el incumplimiento de estos derechos cuando ni siquiera los habitantes de las colonias los habían tenido a salvo como demuestran las múltiples exacciones cometidas por los gobernadores y otros funcionarios

(3) O se subía que no entiendo por qué se sube yendo hacia los ricos y se baja yendo hacia los pobres con todo lo que eso implica desde el punto de vista simbólico

(4) SAINTE CROIX, Geoffrey E. M. de: La lucha de clases en el mundo griego antiguo. Tr. ed. ing. 1981: T. de Lozoya. Crítica. Barcelona, 1988, p. 260

(5) Idem, p. 261

lunes, 28 de marzo de 2011

La dominación política VII


Con la llegada del llamado primer triunvirato (César, Pompeyo y Craso), la República deja de existir como tal sistema. Entre los tres se reparten el consulado, los proconsulados y hasta el propio imperio, aún no denominado tal, y, cuando no son ellos, son sus amigos y subordinados quienes ocupan los puestos decisorios. Algunas voces se levantan contra este estado de cosas pero están unidos el poder militar (Pompeyo y, luego, César), económico (Craso y también Pompeyo) y popular (César y Craso), sólo los partidarios del poder senatorial se opusieron a este reparto pero sin mucho entusiasmo por cuanto sus privilegios no estaban en peligro ya que tanto Pompeyo como Craso pertenecían a la gran oligarquía financiera y César, perteneciente a una de las familias con más solera de Roma, también quería equipararse a sus socios pero no tardaron en surgir las discrepancias entre los dos hombres más ambiciosos del grupo aunque, mientras vivió Craso, se pudo salvar la unidad a la vez que ambos afilaban sus armas: César haciéndose un nombre como militar en las Galias y Pompeyo acercándose a las filas senatoriales que tantos desprecios le habían hecho cuando era un gran general respetuoso, más o menos, de las instituciones. Táctica errada pues, mientras César se hacía con el auténtico poder entonces existente, Pompeyo volvía su mirada a un pasado caduco sin ninguna fuerza en el panorama de la Roma republicana que se estaba haciendo imperial. Julio César, tras su victoria sobre Pompeyo y sus partidarios, no pudo llegar a instaurar un auténtico principado por cuanto Bruto, Casio y demás conspiradores terminaron con su vida queriendo resucitar a un muerto pues, poco después, Marco Antonio, lugarteniente de César, Octaviano, su sobrino y heredero, y Lépido, en realidad, un comparsa para formar el mágico número tres, volvieron a formar un triunvirato (más cabría hablar de duumvirato) con el beneplácito ya del Senado pero Marco Antonio, tras la derrota de los asesinos de César y luego de varias disputas con su cotriunviro, se fue al Oriente mientras Octaviano (luego, Octavio y, más tarde, Augusto) se quedaba en Roma.

Éste era un hombre bastante joven y el Senado creía que podría dominarlo debido a su inexperiencia pero una de sus mayores cualidades residió en saber rodearse de buenos colaboradores como Agripa, Mecenas y su propia esposa, Livia, quienes consiguieron todo tipo de ventajas por parte del Senado para hacerle la guerra a Antonio quien había cometido la torpeza, primero, de alejarse de Roma cuando no le hacía ninguna falta, y, más tarde, incurriendo en el más terrible de los pecados para elSenatus PopulusQue Romani (nótese que, en esta divisa, Senado y Pueblo van por caminos diferentes, el primero no formaba parte del segundo como ha sucedido a lo largo de toda la historia, en realidad, a pesar de los muchos demagogos actuales): intentar ser rey, el mismo delito que, sólo como presunción, le costó la vida a César aunque éste lo era de un reino en teoría independiente y que, a raíz de esta guerra, dejaría de serlo: el milenario Egipto. Con una nueva muerte más ésta vez por suicidio, Octavio queda como dueño casi absoluto de todo el imperio... bueno, quedaba Lépido pero ni siquiera se molestó en terminar con este sujeto e incluso le nombró pontífice máximo, un título poco más que honorífico, pero le retiró las provincias africanas que le habían tocado en el reparto para hacer un triunvirato. Las siguientes ocupaciones de Octavio fueron delimitar de una vez por todas las fronteras del Imperio y devolver todos sus privilegios económicos a las clases senatoriales así como, nominalmente, los políticos por cuanto, a pesar de sus numerosas reelecciones como cónsul, su triunvirato vitalicio y alguna que otra magistratura como la censura que permitía establecer las clasificaciones sociales, se contentó con ser el princeps, es decir, el primero en el Senado: era él quien, a la hora de adoptar una decisión, primero daba su opinión y, como es lógico, la mayoría de los padres de la patria le seguían. Incluso al final de su vida dejó a un lado todas las magistraturas excepto ese puesto que, en teoría, era sólo honorífico y del cual salió el nombre del régimen: principado.

Resumiendo la política octaviana, se pueden citar las siguientes frases de Starr: “Su política se orientó cada vez más a la clase conservadora, y sobre todo, a la sólida clase dirigente itálica”aunque nunca se dirigió hacia la popular.


Tras su muerte, en teoría, no existía un heredero y sus poderes deberían haber vuelto al Senado pero éste no era lo que había sido, le faltaba poder de decisión y ya había Augusto colocado a Tiberio en una posición lo suficientemente sólida como para no temer por su futuro y así fue asumiendo paulatina y alternativamente los diversos cargos que había ostentado su padre adoptivo si bien fue acentuando los caracteres autoritarios del sistema apoyado, cada vez más, en la guardia pretoriana que, durante las primeras décadas, sería quien pusiera y depusiera emperadores a su antojo. De esta forma, se sucedieron Calígula, Claudio y Nerón pero, a partir de su asesinato (cosa bastante corriente en esta época tanto entre los posibles aspirantes como en los ya consagrados: sólo Augusto había muerto en su cama) el ejército empezó a pensar que también podía elegir a su emperador y, dicho y hecho, durante los años 67, 68 y 69 de nuestra era, se sucedieron los emperadores a un ritmo vertiginoso hasta el punto que esta crisis

[...] había tenido la gran virtud de revelar a los habitantes del mundo romano dos hechos de importancia capital: por un lado, que el gobierno del Imperio no estaba reservado permanentemente a los miembros de la aristocracia romana y, por otro, que, según la acertada frase del historiador Tácito, “un emperador podía ser nombrado en otro lugar además de Roma”. Con la ascensión de la dinastía Flavia la burguesía de Italia llega al poder del Imperio y, tras la muerte de Domiciano, con la entrada de otra nueva dinastía (en la que el sistema de adopción prevaleció, con excepción del último de sus miembros) se va a dar un paso más en el proceso, ya que con los Antoninos el poder pasará a manos del elemento más desarrollado de las provincias“

Pero, como ya he dicho con anterioridad, Augusto fijó de forma casi perenne (hubo algunos ligeros cambios) las fronteras del Imperio y éste, que hasta entonces había obtenido sus mayores ingresos del botín de guerra, comenzó a decaer a la vez que la inmovilización de las legiones y su creciente número les hizo entrar un cosquilleo por la política interna intentando, con continuas sublevaciones, derribar al emperador de turno hasta el punto que, en numerosas ocasiones, desguarnecieron las extensas fronteras para hacer lo mismo que Mussolini casi dos milenios después: marchar hacia Roma aunque desde una distancia considerablemente mayor y a pie.


Pero el imperio ya no era lo que había sido y la importancia de Roma no dejaba de decrecer. Adriano pasó la mayor parte de su reinado viajando por sus extensos dominios mientras Diocleciano apenas sí la pisó pero ello no bastaba para que allí se siguiera acumulando la riqueza y el pueblo era sometido con la conocida fórmula panem et circensis, o lo que es lo mismo,bienestar y televisión. Ciertamente lo que, cuando escribí en el primer borrador hace ya bastantes años, se consideraba como bienestar es lo que denominamos en la actualidad mera supervivencia pero ésa es la mejor manera que conozco para traducir la consigna romana a parámetros actuales. Pero eso sólo a la plebe romana y, más tarde, a la constantinopolitana por cuanto se juzgaba que la opinión de éstas podía hacer peligrar el régimen mientras que en las colonias se utilizaban las legiones para ahogar cualquier intento de protesta como fueron las bagaudas hispano-galas o bien las intenciones separatistas de otras. El Imperio se iba desintegrando y Diocleciano, consciente de ello, lo dividió en dos partes con sus respectivos augustos quienes, a su vez, compartieron el poder con dos césares pero era un sistema muy complicado y, sobre todo, frágil teniendo en cuenta las múltiples apetencias de poder absoluto y el hecho que implicaba que, a los veinte años de reinado, el augusto en cuestión debía dimitir. Constantino el Grande fue el encargado de reunificarlo tras sangrientas guerras y encontrar un inesperado aliado: el cristianismo pero esta reunificación no duró mucho y, a finales del siglo IV, Teodosio dividió, ya definitivamente, el imperio en dos partes. La occidental apenas tardó medio siglo en caer en el empuje bárbaro, si bien los romanos apenas sí se enteraron quizá porque no había un emperador que se lo comunicase o bien porque no era ésa la intención de los invasores, mientras la oriental aún consiguió aguantar múltiples embestidas durante un milenio pero esta parte del mundo no nos interesa por ahora. Volvamos a la parte occidental.

STARR, Chester G.: Historia del Mundo Antiguo. Tr. ed. ing. 1965: E. Benítez. Akal. Madrid, 1974, p. 601

CASTILLO, Arcadio del: “El Imperio Romano de Tiberio a Vespasiano (14-69 d. de C) en MORETÓN ABAD, Carlos y SANZ APARICIO, Ángela Mª (Dirs.): Gran Historia Universal. Vol 10 El Imperio Romano. Club Internacional del Libro. Madrid, 1986 p. 10

En realidad, en la época que estoy tratando, ya todo el imperio estaba sometido a las mismas reglas y buena prueba de ellos son los abundantes anfiteatros y circos que se esparcen a lo largo de toda la geografía imperial. Cuando redacté los anteriores párrafos eran otros tiempos.

jueves, 10 de marzo de 2011

La dominación política VI


Pero la integración de los plebeyos fue muy lenta, nada que ver con el ritmo de la Atenas casi contemporánea hasta el punto que cuando, a finales del siglo II, Mario se presentó a la elección como cónsul, tuvo una agria disputa, según cuenta Salustio, con su jefe militar, Metelo, éste, patricio, aquél plebeyo aunque, eso sí, consiguió el consulado no sólo ésa sino también cinco veces más siendo el comienzo de la caída de las estructuras republicanas. Además, los hombres que accedían a las magistraturas eran todos ellos hombres ricos pues en Roma nunca se pagó por ejercer cargos públicos y, como en la primitiva Atenas, el ser nombrado para ellos conllevaba una serie de gastos muy cuantiosos si bien todos esperaban, al menos en los últimos siglos de la República y durante todo el Imperio, recuperarse con creces de los mismos cuando, al terminar el cursus honorum (es decir, la escala total de las magistraturas o una parte importante de la misma que, según las leyes, debían efectuarse a unas edades mínimas, así, nadie podía llegar al consulado, última magistratura, antes de los cuarenta y cinco años al menos teóricamente, la realidad marcó otras pautas en determinadas épocas) o una parte considerable del mismo, fuesen enviados a las provincias en calidad de gobernadores u otras prefecturas no menos codiciadas. Incluso el mismo disfrute del cargo daba para tantas, al menos, corrupciones como en la actualidad si no más en una época en la cual la libertad de prensa no se parecía a la actual. Debido a estas circunstancias “las viejas familias patricias y las nuevas plebeyas se fundieron sustancialmente durante el siglo III a.C. En una 'aristocracia senatorial', o sea, una élite, que proporcionaba los más altos magistrados y que ingresaba, por tanto, en el Senado”[1] y es que los intereses de la clase alta plebeya eran mucho más coincidentes con los de los patricios que con el de los propios plebeyos de ahí que la aristocracia fuera concediendo a la plebe los derechos políticos pero no los económicos, algo similar, salvando las distancias de todo tipo, a lo que sucedía en Europa durante el siglo XIX, luego que los burgueses hubieran logrado hacerse con ciertas libertades socio-polítco-económicas. Debido a este estado de cosas y a las interminables guerras contra los cartagineses que convirtieron al antiguo campesino propietario en un campesino sin tierra debido al fuerte endeudamiento al cual se habían visto sometidos, estalló de nuevo el descontento entre las masas, un descontento más de tipo económico y que fue capitaneado por los Graco en busca del reparto de tierras dentro de la propia Italia debido a que los latifundistas se habían apropiado indebidamente del llamado ager publicus o tierras del estado, e incluso con la fundación de nuevas colonias pero el asesinato, con diez años de diferencia, de ambos hermanos (Tiberio y Cayo) terminó con el problema al menos aparentemente pues éstos, que quisieron conducirlo de forma constitucional, dieron paso a los graves sucesos que se dan en Italia a partir de Cayo Mario. Éste fue la primera persona que conformó un ejército profesional, es decir, los militares se enganchaban a cambio de una paga con lo cual ya no pasaron a depender, paradójicamente, del estado, sino del general que era quien, una vez terminados los veinte años de servicio, se ocupaba de repartirles las tierras y también quien, mientras duraron las guerras ofensivas, les procuró muy sustanciosos botines. A partir de aquí, el sistema de dominación política de los senatoriales, pasó a convertirse en militar si bien éste no estuvo siempre al lado de la clase dominante quizá porque, para mantenerse, a pesar de todo, necesitaba del apoyo popular y populares era el nuevo nombre de la plebe o bien de quienes la defendían, entre ellos, Mario quien intentó hacer una especie de dictadura dominando el consulado a través del ejército y sus victorias sucesivas sobre Yugurta (un caudillo del norte de África que había puesto en serios apuros a las legiones durante algunos años), los cimbrios y los teutones que le valieron un gran apoyo popular pero Mario carecía de un programa político concreto no tardando en pasar de la demagogia a los excesos más desenfrenados para eliminar a sus enemigos políticos, especialmente a aquéllos a quienes podía confiscarles buenos lotes de tierras para repartirlos entre sus legionarios y amigos políticos aparte, claro está, lo que él se quedó que no fue la parte más pequeña. Ante esta situación de dictadura militar, respondió Sila con sus propias legiones. Este general, aristócrata de pura cepa, había ayudado a Mario en la captura de Yugurta y luego había derrotado a Mitrídates, rey del Ponto, uno de los pocos restos helenísticos que aún se mantenían fuera del imperio romano. De esta campaña venía cuando se impuso a los partidarios de Mario (éste ya había muerto) instaurando una dictadura atípica en muchos sentidos aunque, eso sí, no se privó de las proscripciones y matanzas de los populares pero, luego de dos años en los cuales adoptó una serie de medidas por las cuales se volvía a la época anterior a los Graco y en los cuales el Senado volvía a tener la preeminencia anterior, quizá previendo lo que iba a suceder, se retiró a sus posesiones donde no tardó en fallecer. Pero el sistema republicano estaba herido de muerte. Las contradicciones se habían ido acumulando en su seno. Su misma expansión había contribuido a exacerbarlas creando hondas diferencias de clase y, aunque algunos políticos querían volver al antiguo orden o, mejor, mantener el que Sila había adoptado, esto se desvelaba imposible: siempre que, en la historia, se ha dado un paso adelante, la reacción nunca ha conseguido devolverla a las posiciones anteriores al menos de forma permanente el mismo

Cicerón pensó que todos los problemas políticos de Roma podían resolverse con sólo que pudiera convencer a la aristocracia senatorial de Roma y a la clase de los caballeros, que representaban la extensa clase media italiana, para que colaboraran juntos en el gobierno. Su programa consistía en confiar el gobierno al Senado, pero a un senado que no se limitara a ser órgano de una pequeña clase privilegiada, sino que representara a la comunidad entera. La realización del ideal político ciceroniano de una concordia ordinum (concordia de las clases [de los órdenes, para ser más preciso a la vez que literal, entre los romanos no cabe hablar de clases stricto sensu]) tenía escasas posibilidades de éxito en un mundo en que se movían hombres tan poderosos y ambiciosos como Pompeyo y César[2]

pero no debemos olvidar que ambos procedían de familias con un rancio [por viejo] abolengo aristocrático pero, como bien ha señalado Carson, ambiciosos y, en aquel entonces, quien quería llegar tan alto como pretendía ellos (a quienes hay que unir a Craso) debían unirse a los populares pues, como nos dice Sainte-Croix, […] en vez de trabajar por conseguir unas reformas constitucionales radicales, las clases bajas romanas solieron buscar y poner toda su confianza en líderes que creían que estaban, por así decir,

de su parte [...] y que intentarían ponerlos en situaciones de poder. Una explicación de este fallo, creo yo, habría sido que en Roma existía, adoptando toda una serie de formas insidiosas, la institución del patronazgo y la clientela, de la que se vio libre, al parecer, la mayoría de las ciudades griegas (especialmente Atenas) [...][3]

Es decir, fueron a por lana y se encontraron trasquilados por cuanto sus motivaciones, contradiciendo a nuestro autor, no eran en modo alguno políticas sino económicas y, como siempre que esto ha sucedido, normalmente se han quedado sin una ni otras, sí, se consiguen ciertas mejoras en ocasiones pero, casi siempre, a cambio de algo sin embargo no hay nada tan eficaz para amedrentar a las clases posesoras como la simple sospecha de un cambio de régimen. En un principio reaccionan violentamente, como sucedió en Grecia, pero, cuando ven que el asunto va en serio, no tardan en amoldarse a las circunstancias por esa ley ya mencionada antes según la cual la historia nunca retrocede tanto como ha avanzado en un momento dado (si bien, desde la caída del Muro de Berlín, me temo que esta ley puede tener sus excepciones). La situación romana puede entenderse perfectamente para quien tenga una somera idea de lo que sucede en Estados Unidos (también en el resto de los países occidentales si bien de forma menos ostensible) donde una oligarquía financiera se mantiene en el poder de forma perenne aunque, eso sí, concediendo de vez en cuando algo a los no posesores.

[1] STARR, Chester G.: Historia del Mundo Antiguo. Tr. ed. ing. 1965: E. Benítez. Akal. Madrid, 1974, p. 519

[2] CARSON: GRANT, Michel (ed.): Historia de las civilizaciones vol. 3 Grecia y Roma Tr. ed. ing 1964: Arribas, Borrás, Pericay, Trías y Valentí. Labor/Alianza (Barcelona/Madrid, 1988), pp. 345-346

[3] SAINTE CROIX, Geoffrey E. M. de: La lucha de clases en el mundo griego antiguo. Tr. ed. ing. 1981: T. de Lozoya. Crítica. Barcelona, 1988, p. 398