Es del conocimiento público que los simios más emparentados con los humanos, gorilas y chimpancés, tienen un sistema jerárquico perfectamente delimitado mediante el cual un individuo macho impone su predominio sobre el resto del grupo no obstante este predominio es menos acusado entre los chimpancés que entre los gorilas, entre éstos es difícil saltarse las reglas impuestas por el jefe del grupo pero no parece ocurrir lo mismo entre los chimpancés quienes, según los estudiosos, mantienen una cierta condescendencia para que machos y hembras se apareen entre sí lo cual, por otra parte, constituye el hecho en sí de la división social en la cual el más fuerte es quien impone su ley. No obstante entre los seres humanos se da la peculiaridad de que la hembra no tiene estro, es decir, período de celo, la hembra humana está siempre dispuesta a acceder al coito al menos desde el punto de vista funcional, otra cosa serán sus deseos si bien, como veremos, a lo largo de la historia sus deseos han contado bien poco para los machos dominantes pero no nos salgamos de nuestro tiempo.
El hecho de esa perenne disponibilidad de las mujeres bien pudo hacer que el hombre dominante, una vez elegida su pareja, no se preocupase tanto de qué hiciera el resto del grupo masculino y hasta es posible que, a partir de ese momento, la tribu se disolviera pasando a formarse familias nucleares[1] en las cuales convivieran unas pocas personas estrechamente emparentadas ahora bien, ¿cuándo sucedió que la mujer perdiera el estro? ¿Fue alguna australopiteca o fueron especies posteriores? ¿No llegó, quizás, hasta el Homo sapiens? Eso es algo totalmente desconocido para la paleoantropología y, por tanto, no vamos a entrar en tal disquisición aunque sí sabemos que es con la llegada de esta última especie cuando aparecen las famosas “venus auriñacienses”, representaciones femeninas con los órganos sexuales muy marcados y en aparente estado de gravidez avanzada lo cual nos muestra la importancia que tenía el sexo femenino para aquellas gentes pero nada más, deducir de aquí, como han hecho algunos prehistoriadores y, sobre todo, aficionados a la prehistoria, que existiera una especie de matriarcado, hay todo un abismo que no quiero franquear por cuanto creo que tal sistema no ha existido nunca a lo largo de la historia excepto, quizá, en algunas culturas muy aisladas pero no como norma común a un gran grupo de seres humanos aunque sí es probable que las mujeres tuvieran mucha más importancia de la que han tenido desde hace varios milenios para acá sobre todo desde el nacimiento del patriarcado.
Lo que todas las evidencias quieren dar a entender es que aquellas sociedades recolectoras tenían menos prejuicios en todos los sentidos que, incluso, las actuales[2], da la impresión que las diferencias sociales apenas sí existían y es que, según nos da a entender la antropología, en los pequeños grupos, ahora de varias decenas de personas, las diferencias sociales disminuyen hasta casi desaparecer.
Ya aquellos grupos emparentaban entre sí de forma exógama debido a que, de esta forma, tendrían acceso a los territorios de los grupos vecinos en lo que podemos denominar como primera apropiación del espacio por parte de unos grupos humanos en detrimento de otros aunque ya sabemos que esto es privativo de todas las especies cazadoras y el ser humano ya se había convertido en tal luego de una larga época en la cual la base principal de su economía se cifraba en la recolección de vegetales. En realidad, según varios autores, las famosas hachas de piedra no serían tales sino especie de azuelas que les permitirían desenterrar determinados tubérculos claro que también pudo servirles para despiezar los restos de animales que pudieran encontrar muertos pues, según todos los indicios, aquellos primeros seres no se dedicaban a la caza de grandes animales algo fuera de sus posibilidades debido a su exiguo tamaño -apenas sí superaban el metro de altura- y a lo inadecuado de sus presumibles herramientas de caza. Es probable que el hombre se hiciera fundamentalmente cazador cuando abandonó África o, al menos, las regiones subtropicales en las cuales los vegetales son mucho más abundantes y, sobre todo, se pueden recoger a lo largo de casi todo el año pero, una vez fue desplazado de su lugar de origen quizá por algún tipo de explosión demográfica o bien porque las supuestas condiciones idílicas de su primer hábitat se vieron deterioradas por cambios climáticos que les obligó a buscar otros lugares más adecuados para encontrar el sustento diario, debieron cambiar sus formas de vida viéndose en la precisión de adquirir su alimento en mayor medida de los animales aunque, todo hay que decirlo, la actividad cinegética nunca, excepto en lugares de climatología extrema[3], ha supuesto más allá del treinta o cuarenta por ciento del suministro total de proteínas.
Ahora tenemos a un grupo aún pequeño pero ya de veinte o treinta personas, grupo en el cual las actividades económicas están diferenciadas y que, además, tiene relaciones bastante estrechas con otros grupos pero, también, inamistosas con otros con los cuales no está emparentado[4] y es que el problema de los territorios ha llegado incluso hasta nuestros días donde el espacio vital parece jugar un importante papel en las relaciones internacionales cual sucede, por ejemplo, entre Gran Bretaña y España por unos pocos kilómetros cuadrados de roca y, entre España y Marruecos por, poco más o menos, lo mismo en un claro remedo de lo que fueron las luchas territoriales de nuestros primeros antecesores si bien aquellos humanos no se dedicaban a apropiarse de los terrenos que no consideraban propios y que, a la vez, no podían explotar pero, si conseguían que la banda rival se marchara, era lógico que, a la postre, ellos tuvieran una mayor cantidad de alimentos así como lugares en los cuales expandirse cuando la propia población creciera. Sin embargo aún no se había dado inicio a la dominación de unas personas por otras, por el momento sólo había luchas entre grupos rivales por el uso del territorio, por la apropiación de sus recursos algo que ya sabemos hacen los chimpancés en verdaderas guerras de unos grupos contra otros en las cuales no faltan el infanticidio ni el canibalismo “ritual” pero esos humanos expulsados de su lugar podían ir a instalarse en otros bien ayudados por sus parientes o bien motu proprio.
Recordaremos, sin embargo, que un animal de muy gran tamaño, gran fuerza y ferocidad, y que como el gorila, pudiera defenderse de todos sus enemigos, es probable que no se hubiera hecho social; este defecto le hubiera impedido la adquisición de cualidades mentales tan superiores como la simpatía y el amor al prójimo. Esta consideración hace creer que para el hombre hubiera sido una inmensa ventaja contar como origen de su abolengo algún ser comparativamente débil.[5]
Y es que el hombre es fundamentalmente un ser social, ahí ha radicado toda su fuerza, con el apoyo de sus familiares y amigos es como ha conseguido sobrevivir a todos los peligros con los cuales se encontró tanto en la sabana como en sus migraciones hacia tierras más inhóspitas, una sociabilidad, la del hombre, que es compartida por gorilas, chimpancés, papiones, mandriles... y un elevado número de simios y a todos ellos les ha permitido sobrevivir tanto en las pluvisilvas como en las sabanas haciendo frente a los carnívoros en grupo aunque, si llega el caso, también en solitario como aquella chimpancé que, para defender a su cría no dudó en atacar a un leopardo con un palo... claro que el ejemplo típico que se aduce es un experimento en el cual, en lugar de un leopardo, se utilizó una piel de este animal sobre un armatoste pero lo importante es que la hembra se arrojó sobre aquella piel sin saber –o eso creemos- que era inofensiva. El hombre no está capacitado, fisiológicamente, para enfrentarse a los carnívoros y tampoco para huir de ellos y mucho menos aquellos australopitecos que, en el mejor de los casos, medían alrededor de 130 cm y pesaban 45 kilos -normalmente apenas sí sobrepasaban el metro de estatura y los 30 kilos datos éstos que corresponden a uno de los fósiles más conocido, la famosa Lucy de quien se encontró un porcentaje bastante amplio de su esqueleto si bien la mayor parte de los investigadores está de acuerdo en que, entre los primeros humanos, existía un considerable dimorfismo sexual, es decir, los machos eran bastante más grande que las hembras, más incluso que en la actualidad-, sin garras ni grandes dientes. Hoy día un atleta tarda alrededor de 10 segundos en recorrer 100 metros, un leopardo lo hace en menos de la mitad de tiempo con una capacidad de reacción muy superior a la humana. Aquellos hombres, con sus cortas piernas seguramente necesitaban mucho más tiempo para esa distancia y es sabido que los leopardos siempre atacan en distancias cortas, no son capaces de hacer una larga persecución aunque sí superior a las de los guepardos. ¿Cómo se las arreglarían aquellos primeros homínidos para escapar a sus garras y colmillos? Existen grupos de monos que, mientras unos están recogiendo comida, otros están vigilando los alrededores para, de aparecer algún predador por las inmediaciones, dar la voz de alarma. Ésta podría ser una forma de escapar a ello pero las huellas de Laetoli nos muestran tan sólo a una pareja con su hijo: ¿era ésta la forma en la cual convivían los australopitecos? Ya hemos dicho que muchos simios viven en sociedad pero no todos, los orangutanes, por ejemplo, viven solos, únicamente se unen para emparejarse y para criar, las hembras, a las crías... ¿viviría el hombre ya en una sociedad del tipo de familia nuclear? ¿Y cómo se defendería en tal caso? ¿Utilizaría palos como el chimpancé del experimento? Seguramente ya era capaz de arrojar piedras y, teniendo en cuenta que sus brazos eran, en relación, más largos que los nuestros[6], con una mayor fuerza proporcional por tanto en sus lanzamientos pero de esta forma sólo podrían defenderse de animales que ataquen en solitario, poco podrían hacer contra los leones que suelen hacerlo en grupo o contra las hienas si bien éstas son bastante más lentas y, caso de ser descubiertas a tiempo, dar lugar a estos australopitecos a encaramarse a un árbol cercano por cuanto el diseño de sus pies y manos dan a entender que aún eran capaces de trepar con cierta facilidad... Sea de esto lo que fuera, lo cierto es que la vida de aquellos primeros homínidos no era en absoluto fácil sin embargo no es esto lo que más nos interesa sino sus relaciones intergrupales, tesis de esta obra.
Ya hemos dicho que, entre los chimpancés, están documentadas auténticas guerras intergrupales en las cuales se han visto actos que incluso repudiarían a nuestra sensibilidad actual -no tanto si vemos lo que son capaces de hacer determinados grupos humanos en determinados momentos pero siempre a escondidas, con temor a la luz aunque, a la postre, siempre hay alguien que toma fotografías comprometedoras- como el atacar a homónimos solitarios, matar a sus crías y comerse a los caídos contrarios, nunca a los propios, de ahí que calificara tal canibalismo de “ritual”, con comillas para que no se me malentendiera si bien no sabemos qué piensa un chimpancé a la hora de comerse a un congénere empezando precisamente por el cerebro al parecer su parte más apreciada, aunque todo hay que decirlo, la que más proteínas tiene pero una de las más difíciles de acceder: ¿Hacían lo mismo los australopitecos? Los dos grupos se habían separado muy poco antes del antepasado común y sus características físicas no eran muy distintas si exceptuamos el bipedismo humano, ¿qué nos impide pensar en que fuera así máxime cuando hemos visto que tales agresiones se han mantenido hasta hace escasos lustros e incluso que hoy día a algunos dictadores se les acusa de canibalismo, de comerse los cerebros de sus oponentes[7]?
Ahora bien, para extraer tales conclusiones se debería primero saber si nuestros primeros antepasados vivían en familia o en grupos más grandes por cuanto es, al parecer, en grupos de estas características donde se dan tales actividades y eso, a pesar de las ya excesivamente mencionadas huellas de Laetoli, es algo que somos incapaces de precisar, hay teorías para todos los gustos y por eso vamos a dejar aquí el tema de los australopitecos para continuar con los siguientes grupos humanos.
[1] Hay que recordar que las famosas huellas de Lateoli son las de una pareja con su hijo, es decir, un grupo de tan sólo tres personas si bien es la única evidencia que, según mis conocimientos, se tiene al respecto.
[2] Esta aseveración no pasa de ser un nuevo prejuicio, en realidad en nuestras sociedades existen muchos más prejuicios de los que queremos reconocer como se verá en su momento.
[3] Buen ejemplo lo tenemos hoy en día en los esquimales y hay que tener en cuenta que, durante las glaciaciones, las zonas circumpolares eran mucho más extensas que en la actualidad... las zonas con climatología circumpolar, evidentemente, pues tales zonas geográficas no cambian su extensión.
[4] "Una banda endógama [...] se enfrentaría a vecinos perpetuamente hostiles y estaría confinada a un territorio que podría resultar demasiado reducido en años de sequía, inundaciones u otras alteraciones climáticas. Además, el contar únicamente con una veintena o treintena de miembros, se expondría al peligro de que una sucesión desafortunada de nacimientos le dejase sin mujeres suficientes para engendrar una nueva generación. Las bandas que sellan alianzas, en cambio, explotan territorios más extensos, forman parte de poblaciones reproductoras más amplias, se auxilian unas a otras en la defensa entre vecinos de belicosidad recalcitrante y se prestan ayuda mutua en tiempos en que escasean los alimentos. ¿cómo pudieron originarse tales alianzas?" [HARRIS. Nuestra especie, 202]
[5] DARWIN: El origen del hombre, 68-69
[6] Arsuaga y Martínez dan una relación, entre el húmero y el fémur, de 85 y 71 y, entre el cúbito y el húmero de 92,5 y 80 V. La especie elegida, 108
[7] El último caso que conozco es el del dictador guineano Teodoro Obiang pero lo mismo se dijo de Idi Amin y de Bocasa, el famoso emperador centroafricano.
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