A la hora de abordar el estudio social del ser humano en sus albores se nos presenta una dificultad considerable: no nos queda la más mínima huella de sus pensamientos, nada sabemos de su organización y, a lo más que llegamos es a saber cuál era su tipo de alimento por las deformaciones dentales, nada más. Entonces, ¿por qué empezar este estudio por los Australipetecos cuando es tan grande nuestra ignorancia al respecto? y, sobre todo, ¿cómo podemos llegar a algunas conclusiones sobre su forma de interactuar? Muchas han sido las suposiciones que, a lo largo del último siglo y medio se han hecho al respecto, suposiciones de las cuales han salido muchos de los hombres prehistóricos de las películas pero, todo hay que decirlo, no se corresponden en absoluto con la realidad del mismo modo que los hombres, al contrario de lo que sucediera, por ejemplo, en la película Hace un millón de años, nunca convivieron con los dinosaurios, ni el hombre ni sus más remotos antepasados que puedan recibir tal nombre pero el cine es libre de contar sus historias como mejor le parezca. La historia, no. ¿Entonces?Es imposible conocer la capacidad intelectiva de aquellos primeros humanos, sólo sabemos cuál era el tamaño de su cerebro en relación al tamaño corporal que, ahora, parece ser la medida adecuada para medir los inteligencia de nuestros antepasados y, a través de ellos, tener una idea aproximada de su capacidad intelectual sin embargo, en las últimas décadas también se tienen en cuenta las circunvoluciones cerebrales por cuanto se ha demostrado que la relación mencionada es muy superior en las musarañas quienes, a su vez, tienen las circunvoluciones menos marcadas que los primitivos quienes, también a su vez, la tienen menos que los hombres actuales. Todo ello nos lleva a suponer que los primeros australopitecos eran ligeramente más inteligentes que sus cercanos parientes, gorilas y chimpancés pero mucho menos que los hombres actuales. Esto, como es obvio, no pasa de ser una suposición, no se ha podido comprobar empíricamente tal diferencia y así hay quien dice que, dado que los humanos actuales apenas sí utilizamos entre el diez y el treinta por ciento -las cifras dependen de los distintos estudiosos- de nuestro cerebro, los australopitecos bien podían haber utilizado un porcentaje muy superior y, por tanto, la diferencia sería menor. Pero sea esto lo que sea, que aquí no vamos a tratar de estos temas, lo importante es saber cómo podemos establecer algunas pautas de comportamiento entre nuestros ascendientes y, para ello, los estudiosos actuales disponemos de dos ciencias auxiliares: la etología y la antropología por cuanto es evidente, para la primera, que aquellos seres estaban más emparentados con los chimpancés que con nosotros mismos si bien esta ciencia va perdiendo importancia a medida que avanzamos en el tiempo mientras la adquiere la segunda pero siempre teniendo en cuenta que el Australopiteco no era un chimpancé ni el Homo sapiens un bosquimano o un aborigen australiano, en el primer caso, hay que recordar que ambos proceden de un tronco común que se separó entre hace ocho y cinco millones de años pero que evolucionaron de forma distinta, así se puede decir que los chimpancés son capaces de utilizar determinadas herramientas que escogen de entre lo que encuentran mientras que ya el australopiteco fue capaz de fabricar él mismo herramientas[1] si bien muy toscas pero ya era un primer paso que indica una inteligencia diferente y no sólo eso sino que, teniendo en cuenta cómo se parecen unas a otras, todo da a entender que podían ser capaces, de la forma que fuera, de transmitir sus conocimientos a las generaciones siguientes[2]; en cuanto a los segundos, si bien tanto los sapiens como los primitivos actuales pertenecen a la misma raza humana, se debe tener en cuenta que, entre unos y otros, existe la separación de varias decenas de miles de años de evolución a favor de los actuales mientras tienen en contra que son los restos de las sociedades actuales con las cuales tienen contactos y que viven en zonas bastante desfavorecidas del planeta no obstante estos últimos primitivos ya nos han dejado un considerable legado tanto en sus enterramientos como en las cuevas pintadas y en las esculturas por lo cual la imaginación del estudioso ya no tiene un papel tan importante. No obstante, a pesar de las dificultades ya reseñadas, intentaremos, en la medida de lo posible, hacer una aproximación a la cultura de nuestros primeros padres no olvidando en ningún momento que se trata de suposiciones, todo lo fundadas que se quiera, pero suposiciones al fin, no somos de quienes creemos estar en posesión de la verdad absoluta.
[1] No todos los investigadores están de acuerdo con esta aseveración, es más, parece que, con el tiempo, va perdiendo fuerza pero nosotros razonamos que, si los chimpancés son capaces de dar la forma adecuada a un palo para introducirlo en un hormiguero y así poder comer las hormigas a él agarradas, el Australopiteco bien podía haber superado esta etapa.
[2] En realidad esto no es propio del ser humano, es decir, la transmisión del conocimiento, en un documental he visto cómo una hembra guepardo enseñaba a sus crías a cazar y, para ello, capturaba un cachorro de gacela vivo que transportaba con sumo cuidado y al que soltaba ante ellas y las iba indicando dónde tenían que dar el golpe para derribarla. Distinto es el caso de la transmisión de la tecnología por cuanto sólo los chimpancés y algunas aves utilizan algo que pueda denominarse tal pero que, al menos en el caso de las aves, no parece ser aprendido.
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